Está claro que la oposición venezolana, fragmentada o no, “primaveral y colorida” o no, tal o cual sea el escalafón que ocupa en su disminuida vocería o la estatura que goza en el seno donde se cuece su macilenta “crisis”, ha perdido toda capacidad -y yo diría que hasta toda su voluntad- de emitir un mensaje de significación a sus deprimidos correligionarios e incluso a la Venezuela chavista y no chavista que se mueve en la calle, la que sufre y resiste los embates de la inducida crisis económica, o la que disciplinadamente, de Oeste a Este de las ciudades, concurre en los puntos focales del acaparamiento usurero para el bachaqueo orgánico, esa fuerza motriz del suministro y reorganización de los bienes de consumo y de la multiplicación de los quesos, los pollos, las toallas sanitarias, los pañales y el jabón, de la cual la economía política no puede desengancharse ni con hechos ni a punto de propaganda televisiva arquetípica de la publicidad comercial, de la compulsión consumista, promotora del sálvese quien pueda.

Esta ausencia del mensaje opositor ha sido retocada por una fanfarronería entre algunos de sus actores y, quizás por eso mismo, por un conjunto de símbolos que debemos saber leer: unos que son puros amagos, como los pucheros ridículos de María Corina Machado y sus tintes demagógicos, estrambóticos; otros, como los de Gómez Sigala, que así contengan metalenguajes o advertencias acuñadas a las intenciones de la cúpula empresarial venezolana -ya puestas a prueba- de tumbar al gobierno, son de una idiotez chusca; u otros, que le regatean al entusiasmo perdido de Ramón Guillermo Aveledo, que se esfumó en sus decrecidos hemisferios cerebrales o en los de sus sombríos inspiradores opusdéicos apoltronados en la Conferencia Episcopal, a la espera de que Obama haga efectivo el Decreto de Amenaza contra Venezuela.

La antipolítica procura dejar atrás los valores de la solidaridad forjadas en revolución

Sin duda que esa inercia para movilizar a quienes han votado tradicionalmente por Capriles y sus asociados, le abre las compuertas a la abstención, a la ferocidad fascistoide de la jauría lopecista y a otras muecas siniestras y, por qué no decirlo, aunque ganemos el 6-D, a la perpetuación del bachaqueo como un fenómeno articulado a la cultura nacional: no importa que sea sorteando un monumento de basura ajena en el Este de Caracas u otras capitales del país, pero ya es costumbre observar la concentración de gente, de motos, de vehículos de lujo y gentes vestidas de domingo en lugares estratégicos de los grandes supermercados o farmacias que, día a día, inauguran novísimos métodos para convertir el bachaqueo en una fuerza avasallante, capaz de vulnerar los valores de solidaridad que Hugo Chávez dejó sembrado en el colectivo nacional, sobre todo para situaciones políticamente delicadas, de emergencias y crispaciones políticas, golpes de Estado y sabotajes, como ocurrió durante el paro petrolero y empresarial, cuando la gente, de sus propios bienes domésticos fabricados con madera, los sacó de sus viviendas para hacer brasas y comidas para compartir con los que hacían cola para obtener gasolina. Esa solidaridad hoy día ya no existe, la presión ejercida atenta contra ella, la precariedad criminal y la urgencia para satisfacer las necesidades básicas del día a día atacan las fortalezas del espíritu socialista encarnado en la propuesta aceptada y refrendada en el proceso constituyente, de refundar la República Bolivariana con el recurso petrolero no como fin en sí mismo, sino como plataforma del poder popular soberano.

Lo sorprendente, más allá de este dato que a nosotros nos debe lesionar la fibra chavista, como si el florete de un espadachín desconocido nos rozara peligrosamente la piel. Lo sorprendente es que esta práctica ocurra en pleno día, durante el desarrollo de la campaña electoral de la Asamblea Nacional, manoseando mórbidamente la autoridad democrática en cuyo nombre llamamos a votar colectivamente o aludiendo a veces sólo el universo chavista.

El escritor argentino David Estlund, que mucho ha estudiado los fundamentos de las decisiones que encierra el acto del voto y de las democracias legítimas, sostiene que éstas son concebidas desde la voluntad mayoritaria o colectiva con la aspiración de hacer valer las leyes por parte de quienes están o son sometidos a ellas y, al mismo tiempo, son principios inseparables del hecho democrático.

Sé de muchas personas que no saben si sobrevivirán al 6-D, sean chavistas o negadores conscientes de volver de la mano de una oposición apátrida y obsesionada con los métodos golpistas y magnicidas, e incluso bachaqueros de franela roja, que han emergido desde la vorágine creada por la guerra no como extras de la película sino como actores estelares en el elenco de nuestra vida, de nuestra cotidianeidad.

Es un electorado huérfano, aunque el 6D no se acabe el mundo. ¿Pero ese espectro tiene alguna parentela con el que gravita en el peronismo argentino y pareciera dejar solo a Scioli y cuya voluntad se aleja del neoliberalismo que transpira el lenguaje de Macri?

Me lo pregunto pese a la distancia geopolítica.

Federico Ruiz Tirado

MISIÓN VERDAD

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