Escribir una leyenda

Este articulo fue publicado originalmente como editorial del periodico El Cayapo en marzo de 2014, en el marco de los días demenciales de “la guarimba”, revolución de colores planificada desde el Departamento de Estado gringo contra Venezuela luego del triunfo electoral del chavismo en diciembre de 2013. En Misión Verdad hemos decidido republicar este escrito, por considerar que es un documento para el estudio permanente en este nuevo plano abierto luego de los resultados electorales del pasado 6 de diciembre.

En este plano de la revolución entramos en el tiempo de la inestabilidad permanente. Lo inestable será lo estable de ahora en adelante. Debemos aprender a vivirlo en conjunto, como clase, ya que individualmente nadie lo va a soportar; tenemos que prepararnos, no podemos ir a ninguna batalla solos.

Somos una clase que no se ha pensado y estamos obligados a comunicarnos como clase desde los intereses históricos que nos corresponde asumir. A juntarnos, a ser iguales como clase, porque es juntos cómo asumiremos la desagradable pero necesaria tarea de desarmar la guerra: principio y fin de la cultura capitalista; y hay que aprender a vivir en ese marco, porque no hay otra manera de plantearse el problema en este momento. Ocultarnos la verdad no tiene ningún sentido porque se nos vuelve peligroso.

Las grandes mayorías tenemos que saber que estamos en medio de una guerra que nos impusieron los dueños del planeta, ellos lo saben, nosotros debemos saberlo, porque el antiguo dicho se vuelve de moda: guerra avisada no mata soldado, y en este caso todos los pobres del planeta somos los soldados. El objetivo de esta guerra es que los dueños del planeta necesitan exterminar a las tres cuartas partes de la población para poder controlar el poder, su único objetivo. Y de ahora en adelante viviremos en el marco de esa guerra, y vamos a tener que estudiarla diariamente a cada segundo: ¿cómo prepararnos? ¿Cómo desenvolvernos? ¿Cómo construirnos? ¿Cómo comunicarnos dentro de eso? No hablamos de informarnos sino de comunicarnos, lo cual pasa por organización, trabajo, por cómo vivir, pasa por cómo creamos los conceptos que nos permitan comprender y asumir este momento histórico. Y tenemos que comunicarnos como gente en el callejón, en la calle, en la escalera, tenemos que comunicarnos, es perentorio comunicarse. Sí, debemos reafirmarlo, los medios públicos no nos sirven para esta tarea. Los medios pueden servir, en caso de que se permitiera pasar el concepto por ahí, para que se masificara en el momento dado una idea, pero la tarea que nos toca en este momento es cuerpo a cuerpo en la calle, la conversa con la gente, el debate con la gente, el periodiquito con la gente, la pancarta con la gente, el arte compartido y creado por la gente.

Tenemos que buscar el lenguaje de la intracultura, la canción campesina, la canción del pescador, el sonido del callejón, esa es la intracultura que tenemos que hacer que florezca en este momento, porque no podemos desbaratar esta guerra con las voces del enemigo, con el canto del enemigo, con la visión y la aspiración del enemigo, con la gestualidad del enemigo, con la forma del enemigo; estamos obligados a fortalecernos con los cantos que vienen de la lejana carencia y que nos han permitido deshacernos de tanto látigo, de tanta humillación, de tanta lágrima, de tanta amargura. Dispongámonos  a crear la otra palabra, la otra cultura, con la alegría, con la invención que nos ha permitido sobrevivir a la tragedia que nos impone la cultura capitalista.

La pregunta no es ¿cuánto perdemos como individuos?, sino ¿cuánto ganamos como colectivo en esta revolución?

Siempre hablamos con el lenguaje de la guerra

Intentemos hablar, porque hay como una tendencia a no saber lo que estamos obligados a balancear siempre que hacemos algo. Hay una vaina con la que nos jodió demasiado la cultura del capitalismo: es que nos negamos permanentemente, ese no existir, ese no nombrarnos nosotros, es lo que hace que no valoremos el trabajo, la acción, el poema que estamos elaborando en medio de la revolución. Hacemos una vaina, celebramos y al otro día nos caemos a coñazos como si eso no se hubiese hecho. No lo analizamos.

Desde el ochenta y nueve hasta hoy como pueblo y gobierno hemos realizado muchísimas cosas, pero más ha podido la desmemoria y la propaganda de la cultura capitalista que la realidad. Y es esa desmemoria junto a la propaganda de la cultura capitalista lo que nos impide comprender, por ejemplo, que nunca más, aunque tumbaran al gobierno, los escuálidos podrán gobernar a esta patria por el simple hecho del cambio en la percepción de la realidad que hoy tenemos como pueblo.

Hagamos el intento cotidiano de la valoración, nosotros estamos obligados, somos protagonistas como pueblo. ¡Es un hecho histórico el del 89, no es cualquier cosa! Estamos quebrando quince mil años de poder en la historia. Le estamos metiendo la uña hasta el fondo a la cultura capitalista. Por primera vez en este planeta los pobres nos reunimos a pensar, no a ser presas de un ejército, no a ser carne de cañón. Eso tiene una valoración impresionante y no lo estamos entendiendo. Pero si eso no lo valoramos nos devolvemos a la invisibilidad de la esclavitud en que hemos vivido, a leer su historia, sus libros, a ver sus imágenes, sus poemas y sus canciones, y al final seguir siendo carne de cañón y tinta con la que terminan escribiendo su historia.

Hay que hacer un esfuerzo para que cuando discutamos, construyamos y fortalezcamos la memoria que jamás hemos tenido como pueblo. Cuando se dice: la historia del pueblo venezolano es generales que mandan a matar gente, europeos adueñándose de mares, de ríos y de vainas, gringos llevándose el petróleo, los otros robándose el coltán, el uranio, los otros trayendo tecnología y deteriorando la tierra. Eso es lo que está de fondo cuando hablan de nuestra historia y nosotros nos tragamos el cuento de que es verdad que esa es nuestra historia. ¡No! Historia es la que hagamos y controlemos, la que decidimos. ¿Cuándo se detiene? ¿Cómo se detiene? Por ejemplo, en esta guerra en la que estamos ahorita ¿estamos nosotros imponiendo esta guerra? ¡No! Nos están imponiendo esta guerra y como siempre lo están haciendo desde Europa, porque incluso hasta EEUU pasó a un segundo plano. Son los dueños del planeta los que nos están imponiendo esta guerra.

Son las transnacionales las que nos están imponiendo esta guerra, independientemente del país de donde la dirigen o creemos que dirigen. Es el sistema que está imponiendo una guerra más. ¿Cuándo decidimos, cómo participar en el marco de esa guerra que no sea como carne de cañón? Pues si tenemos conocimientos de que nos están imponiendo una guerra, debemos planificar cómo participar. Porque ahí sí sería nuestra decisión. Ahí es donde tenemos que definir qué hacemos. Cuestionarnos cuando lo que nos provoca es matar gente, poner bombas, todo lo que la acción del enemigo provoca en nosotros y que por condicionamiento respondemos, por la arrechera, porque mordemos el peine de la violencia. Objetivo de quienes planifican desde el concepto enemigo.

Muchos de los que nos llamamos revolucionarios no nos damos cuenta cuánto servicio le hemos prestado de gratis a los dueños por nuestro miedo disfrazado de “valentía” y “radicalidad” revolucionaria pero sin ningún soldado que nos siga, sin entender lo irresponsable que podemos ser cuando escribimos, por nuestro desespero, por querer acabar rápido con la situación pero sin intentar crear en el marco de la situación, sin reunirnos con nadie, pretendiendo ser los comandantes internet, exigiéndole al gobierno que haga la tarea que nos corresponde, cuando el gobierno está empeñado responsablemente en la suya.

Pero cuántos nos hemos preguntado ¿por qué no conocemos la historia? No nos hemos preguntado, no nos hemos dado cuenta, por ejemplo, que millones y millones de obreros y campesinos de este planeta hemos servido de carne de cañón de todas las guerras y todas han sido guerras sustentadas ideológicamente en la justicia, todas guerras dirigidas por personas muy buenas y altruistas, personas de altos ideales y de intereses superiores en nombre de la humanidad, siempre supuestamente para favorecernos. Nosotros no nos hemos preguntado eso. Nunca nos damos cuenta que después de cada guerra los dueños acumulan más riquezas. Todos sabemos que cuando los pobres vamos a la guerra arrasamos con todo, pero no preguntamos ¿quién hace la escopeta con la que disparamos? ¿Quién hace la bomba? ¿El avión? ¿De quién es el misil? ¿Quiénes son realmente los dueños de la guerra?
Claro que provoca salir a disparar, porque el miedo no es fácil soportarlo, el miedo hace que matemos y nos maten, el miedo hace que generemos odio y nos convirtamos en valientes, huyendo hacia el enemigo, y eso lo saben los dueños de la guerra, los incitadores, que a fin de cuenta son los dueños del planeta, los favorecidos finales de la guerra.

Nos toca es pensar, la rabia no nos sirve para nada, el odio no nos sirve, el odio y la rabia nos convierten en carne de cañón, porque así como disparamos nos dispararán. Eso es muerto para allá y muerto para acá. Preguntemos quiénes ponemos los muertos; indistintamente del bando los muertos siempre seremos nosotros. Porque nosotros con una ametralladora no le daremos al que está dirigiendo la guerra desde Europa o desde sus mansiones, nosotros los pobres no controlamos misiles, incluso produciendo misiles ¿qué ganamos con eso?

Cuando producimos misiles hemos copiado el misil, porque no podemos producir lo que ya ha sido producido. Lo que estamos es imitando lo ya existente. Ah, que lo podamos hacer más poderoso, igual va a cumplir el mismo papel, va a matar pobres como nosotros. Entonces, la disyuntiva de nosotros como clase es pensarnos o nos seguimos matando entre nosotros. Esa es una pregunta que estamos obligados a hacernos en este momento histórico. O seguimos siendo esclavos o eliminamos las condiciones que nos producen como tal.

Esta guerra, la única manera de ganarla es desarmándola y actuando en consonancia con ese pensamiento.

Cuando hay gente que dice: “gran güevonada diluir el odio ¿y los tiros y las balas con que nos matan?”, es verdad. Pero sabemos que cada vez que disparamos, generamos más odio, porque los argumentos son la adrenalina del miedo fluyendo y arropándonos de muerte y discursos de causa justa. ¡No, claro!, y al que está disparando de allá para acá también le entra un gustico muy sabroso, cuando te ve muerto ahí y se justifica con su causa justa.
Algunos piensan: “ay qué bonito y sabroso es disparar”, pero cuando tengamos al hijo espachurrao, agujereado ahí, a la mujer, al marido tiroteaos, apuñalaos, vueltos mierda ¿qué hacemos con el llanto? ¿A quién se lo endilgamos? ¿A quién maldecir? Y no sabemos quién disparó, el tipo que los mató no sabemos quién es. ¿A quién le  disparamos? ¿Al primer güevón que veamos? ¿Con quién nos desquitamos? Tampoco nos los devuelven a la vida. ¡No, en lo absoluto! Mataremos a mil y nuestros muertos estarán ahí, espachurraos y vueltos mierda. Podemos argumentar: sino peleamos igual nos joden. Sí, eso es lo que nos han dicho, que si no peleamos igual nos joden. Pero nosotros debemos entender que la única manera que tenemos de ganar esta guerra es no peleándola de manera tradicional. Porque así ganemos la guerra, perdemos. Porque igual hicimos lo que ellos querían. ¡Por supuesto! Pusimos a funcionar al capitalismo. ¿O qué creen que mueve al sistema? ¡La guerra! Eso es lo que permite que el sistema perviva y crezca. Si detenemos o desarmamos la guerra acabamos con el dueño.

Nosotros los congéneres que somos los afectados de la guerra, somos los que necesitamos estar claros del por qué de la guerra y transmitirnos esa idea entre los millones de obreros y campesinos en este planeta, porque no se debe confrontar el odio, no se debe apartar el odio, no se debe desconectar el odio. Debemos comprender el odio, diluir el odio hasta que él pueda desaparecer en la discusión, en la acción, en la generación de otra cultura, no en el discurso contrapuesto de guerrero pacífico. Algunos piensan que eso de diluir el odio es mágico. Pero más mágico es pensar que en el marco de la guerra los pobres podamos ganar, hay otros que piensan que diluir el odio es poner la otra mejilla y no comprenden que de lo que se trata es de otra manera de combatir, en donde la creación, la inventiva de todo un pueblo debe ser puesta en práctica: ya no es la lucha dirigida por representantes sino la participación protagónica de nosotros para desmontar la cultura del capitalismo y eso requiere un esfuerzo intelectual que no puede asumirse individualmente sino colectivamente porque las claves de esta revolución están en el hacer colectivo.

En función de esto, preguntarnos: ¿qué pasaría si peleamos para desmontar y no para confrontar? ¿Qué pasaría si cambiamos la lógica de combatir? ¿Qué ocurriría, de verdad, si pensáramos en esa opción? Por ejemplo, veamos datos precisos para que entendamos el problema. El gobierno, entre las cosas que ha hecho, agarró y mandó mujeres, policías nacionales bolivarianas desarmadas a confrontar una protesta que la iban a usar para el plan golpista ese día. Cuando los concentraron en Plaza Brión el plan era asesinar ese día, porque era la orden. Era ahí donde comenzaba la tragedia. Tanto así que le llamaron desde ese día a ese lugar la Plaza del Futuro. Pero, por mucho odio que tengamos, cuando no vemos a un enemigo al frente, que nos lo vendieron ideológicamente como asesino, cuando vemos a una mujer desarmada al frente y no vemos al tipo con el chaleco, la bomba lacrimógena, armado hasta los dientes, el tipo se timbra, la mujer se timbra, el ideologizado se timbra. Y se pregunta, “¿qué pasó? ¿Y cómo le damos un coñazo a esta tipa?” Le desarmas su argumento de que vienen a matarlo, porque supuestamente lo están matando, y les desarmaron la concentración y tuvieron que devolverse a Plaza Altamira, tuvieron que retroceder.

Entonces, ¿quién ganó la batalla, ellos o nosotros? Nosotros, porque no peleamos en el marco de lo tradicional.

La misma táctica se aplicó cuando la marcha de mujeres en donde iba María Machado, dispuesta a generar violencia, porque, al igual que el ejemplo anterior, detrás de esta marchita, estaban disparos, estaban francotiradores, había todo eso detrás, porque esas son acciones de guerra, todas las marchas y concentraciones que han planificado en función de su objetivo que es sacar al presidente Maduro y con él a todos nosotros ¿cómo lo desarma el gobierno? Con mujeres guardias nacionales bolivarianas desarmadas con un ramo de flores, con un niño, hablando de la constitución.

Y se repite la pregunta, entonces ¿quién ganó la batalla? ¡Nosotros! ¿Cuántos pobres dejaron de morir en ese momento? Miles, y estamos hablando de obreros donde estamos incluidos, hijos, familiares, amigos. De ese pobre estamos hablando, ni siquiera del desconocido que siendo como nosotros no sabemos quiénes son, pero que en definitiva son los hermanos.

Crear una opción en el ámbito de la guerra que pueda desarmarla, una opción política que esté por encima de la política tradicional, por un lado del palabrerío demagógico, por otro la confrontación de choque, es lo que nos está proponiendo la actual situación revolucionaria, porque en las acciones del gobierno no se está hablando de pacifismo, de que no se está combatiendo, ni de que no vamos a combatir, ¡no! El gobierno nos está diciendo que hay que aprender a combatir de manera distinta. ¿Por qué nos dice eso? Porque la guerra, por guerra misma, dentro de su antigüedad siempre será nueva, dijeron los estudiosos de la guerra desde siempre, desde Sun Tzu para acá. Y por tal nueva, tenemos que comprenderla y entenderla. Sí, las guerras siempre tendrán ejército, matarán gente, sí, eso es verdad, pero esta guerra tiene algo distinto y es que una parte de los combatientes tenemos la necesidad histórica de desaparecer como clase y debemos hacerlo desde el conocimiento: somos los pobres que sabiendo que con nuestra desaparición desaparecerá la cultura capitalista que nos convierte en dueños y esclavos en medio de una férrea dictadura mundial.

¿Qué debemos potenciar en este momento? Estamos obligados a potenciar esas claves que está produciendo esta Revolución en el planeta. Eso es lo que estamos obligados a potenciar y eso es lo que estamos obligados a estudiar, a investigar, a experimentar, a decirnos como clase. ¿Que continuarán las bajas desde la clase? ¡Por supuesto! ¿Que habrá mercenarios y carros bombas? ¿Y va a seguir habiendo atentados y van a volar puentes? ¿Francotiradores? ¡Sí! todo eso habrá y debemos aprender a desarmar todas esas situaciones en la medida en que estemos alertas. Estudiemos las situaciones en la medida en que nos organicemos creativamente desde el trabajo, juntos, y elaboremos métodos colectivos para diluir las causas y no conformarnos.

Combatir en el marco de cada situación, no en el marco tradicional, y a nosotros nos dice la realidad que es desarmando la guerra que ella se gana para nosotros. No para ellos. Ellos la guerra la ganan cuando gastan municiones, uniformes, cuando gastan fusiles, cañones, misiles. Cuando ponen a funcionar su maquinaria productiva, cuando nos asesinan como mercancía de desecho. Ahí ganan ellos la guerra. Porque a ellos no les interesa quién pierde, porque igual los muertos somos pobres de bando y bando, no les importa quiénes mueran en esa guerra, ni cuántos, les sabe a mierda cuántos pobres engrosamos las estadísticas fatídicas, porque siempre hemos sido un número para el capitalismo, bien sea como mercancía productiva en la fábrica o como soldados o como mercancía en desuso o daño colateral, siempre seremos una estadística para la cultura capitalista. Porque los pobres vamos a estar en aquel bando y en este bando. Ellos siempre ganarán la guerra.  ¿Cómo nosotros vamos a ganar la guerra? Cuando la desarmemos, cuando aprendamos eso: a desarmar la guerra.

Chávez lo entendió desde un principio, y fortaleció esto para nosotros poder pensarnos.

Seamos uno con el directorio revolucionario, no podemos equivocarnos, no seamos héroes individuos-egos. Digamos parafraseando al poeta Carlos Angulo: equivocarse juntos no es equivocarse.

MISIÓN VERDAD

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