Supongamos que Allup (con dos “ll”, no con una, tal como se escribe en hebreo y no en italiano, como él pretende que sea, tal vez para otorgarle una onomatopeya celestial o rozar alguna constelación multicolor y no blanca), en su paso fortuito hacia el cuchitril en que ha convertido la Asamblea Nacional, donde se suelta el moño junto a esa especie de confitería multicolor que es la MUD, se topa distraído con la iglesia de San Francisco, en la esquina de La Bolsa, pleno centro de Caracas y, atascado en un lapsus nostalgioso, porque los adecos rancios conservan la buena salud de su lar teológico, su pedacito de Gonzalo Barrios, su rayito de luna blanca, recuerda una de las tantas veces en que se ha sumergido -porque todavía lo hace- en los suburbios de Montmartre, vía Saint Denis, en París, cuando lo paralizó por vez primera la fetidez del Sena, que se le encimó desde ese margen del río, confundiéndolo desde entonces, sobre todo porque la pesadez de los siglos, los ciclos del tiempo transcurridos desde el siglo XVIII, hasta el XXI con el 6D incluido, le han desquiciado y roto la cadena de huesecillos hasta afectarle el tímpano: es que él no sabe de números romanos sino de bolívares (así odie la sombra del Libertador), esos que se traducen en el matraqueo o pedigueñismo adeco a la hora del martillo o el cobro de comisiones en los tiempos alucinantes de la IV República, en los reinados de Rómulo, Raúl, Jaime, CAP e incluso en la rapiñería que significó aquella Cosiata llamada la Guanábana: verde por fuera y blanco por dentro.

En su última estadía en París, le ocurrió lo mismo pero al revés: creyó, desde su laberintitis crónica, estar atravesando La Bolsa rumbo a la contemplación que hacía de la Iglesia de San Francisco en los tiempos de Leoni, poco después de bajar del funicular con unos vinitos en el buche desde las alturas del sagrado monumento. Cosas que pasan. La realidad está demasiado desprestigiada y no hay que hacer mucho caso, ni alarmarse, sobre todo si se está entre turistas ávidos de conocer el boulevar de Los Pintores y él es uno más dando vueltas en la ciudad luz y no conoce al Barón Haussmann, tan diputado como él. Confundir catedrales, para él, no es igual a saber con exactitud las diferencias entre Los Melódicos o la Billos Caracas Boy. Ni de vaina, a mí que me quiten tanta Ilustración de encima: yo soy adeco y punto, y lo seré hasta que me dé la gana.

Llegará el día en que volveremos a colocar los símbolos en su lugar en la AN

En su última estadía en París, Allup interrumpió su rutina de combate al friz de su cabello, que cada diez días se aplica sin falta. Este detallito lo hizo enfurecer al verse en el espejo siete minutos, después de revisar el guión de la puesta en escena del domingo 4 de enero de 2016 en el nostálgico Hotel Las Mercedes, frontera entre el micro país del sureste de Caracas y 916.170 km2 como resto territorial de tierra firme e insular de 1.270 km2, incluyendo el espacio aéreo y las áreas marinas y submarinas. Cosas que pasan, como las olas, como el viento. Al fin y al cabo, la tercera edad avanzada les llega por igual a los adecos y a los Justicieros y a Juan Bimba. En fin, el “resto” del país que no debería existir fuera de su propio y trasnochado realitishow tercermundista, empezando por los 433.06 km2, de esa Caracas tan apretujada para su gusto neo adquirido. Sin poder preguntarle a nadie, inútilmente se pasaba la mano por el casco natural de pelo rebelde que se negaba a estar dentro de corte alguno, pero gracias a sus terapias de autoayuda, y su relectura del “ideario”, se volvió a mirar y celebró la última blefaroplastia, botox mediante, que le permitía refrescar las arañas adecas subdérmicas.

Bajado el telón por los niños justicieros, ya sin público sospechoso de sí mismo, llamó a gritos con su voz disfónica, altisonante y leonina (por Leonidependiente, claro): “estaniñaubícame al brillodeoro o como sea que se llame, que me venga a sentar estos pelos…que es pa llá”.

Ya instalado en la Asamblea Nacional reía de ese recuerdo galo, se empinaba, inflaba el pecho, se volteaba de lado a lado. Nervioso, sin saber por qué, veía a los perros entrenados entrar en la oficina y ningún entrenador se atrevió a decirle la verdad verdadera: los canes buscaban esconderse, perdieron cualquier entrenamiento plavloviano por ir hacia su instinto primigenio, colas dentro de las patas, dado ese chillido sistemático y continuo de su impecable alcance cinco octavas más arriba de lo que tolera cualquier oído humano y aterra cual triquitraques, al inmenso espectro de especies animales (y quizás otras también).

Ese lema de naftalina que identifica a un auténtico Romulista, “Adeco es adeco hasta que se muera”, le produce un sentimiento mixto: sí pero no”, se dice en sus propias oraciones como mantra: “Rómulo , pero no el Gallegos. el Betancourt”, por ejemplo. Todo en modo automático.

Ya todo está dicho. Llegará el día en que volveremos a colocar los símbolos en su lugar: a Simón Bolívar y a Hugo Chávez, especies de fantasmas ácratas, libertarios, que le siguen los pasos a este adeco enfebrecido, enchapado a la antigua pero contagiado hasta el ortopédico por el vaho neoliberal y fascistoide que empañan los vitrales de la Asamblea Nacional.

Dándosela de chévere en el mercado, se le encrespó la V en números romanos.

MISIÓN VERDAD

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