A nadie le ocurre lo que se merece, sino lo que se le asemeja.

Cesare Pavese. El oficio de vivir.

Siempre me ha parecido irreverente, además de injusto, el hecho de que algunos escritores, generalizando, se hayan ensañado con ese sector de la sociedad que se balancea -a veces peligrosamente- entre el proletariado y la burguesía, a la que busca imitar con denodado empeño, pero dejándose ver las costuras con sus desplantes sifrinos y el silicón. En algunos casos esa arbitrariedad resulta incluso desmesurada, si atendemos a los calificativos que emplean para zaherirla, en ciertas ocasiones con sorna -lo cual pudiera resultar hasta simpático-, mas en otras han llegado al extremo del corrosivo escarnio, como eso de decir, aviesamente, que sus elegantes atuendos son adquiridos, cuando mucho, en las conocidísimas tiendas “Sara”, equivalentes -piensan- a las de los más famosos salones de moda de la burguesía europea, porque las norteamericanas no están todavía “en su punto”, alegan con pesar. ¡La clase “decente y pensante”, como se autocalifica modestamente, puesta en la picota! Ella, que siempre ha sido solidaria con las causas más nobles de la humanidad, y ha dado sublimes demostraciones de desprendimiento y filantropía. ¿O acaso no la hemos visto manifestar enardecida con pancartas y consignas que resuenan indignadas “SOS Palestina”, condenando el genocidio nazi-sionista contra ese pueblo heroico?

Comenzaré con el trillado “Poema a la clase media” del argentino Daniel Cézare: “Clase media/ medio rica/ medio culta/ entre lo que cree ser y lo que es/ media una distancia medio grande/ En el medio de la nada/ medio duda/ y (medio confundida)/ sale a la calle con media cacerola/ entonces medio llega a importar/ a los que mandan/ (medio en las sombras)/ A veces, sólo a veces, se da cuenta/ (medio tarde)/ de que la usaron de peón/ en un ajedrez que no comprende/ y que nunca la convierte en Reina”.

¿Pero qué otra actitud cabía esperar de la muy convenientemente ilustrada, aunque un tanto almibarada clase media argentina, frente a un gobierno de izquierda como el de Cristina Fernández, que soberbia y soberanamente se atrevió a desafiar a los “fondos buitres”, carroñeros que gozan de la bendición de Estados Unidos, país de referencia para sus más eróticas fantasías -menos en lo atinente al vestir, como ya advertí- y adonde “se iría demasiado”?

¿Qué piensa al respecto el escritor León Tolstoi? En La muerte de Iván Ilich (1886) escribe: “En realidad era lo mismo que suele haber en todas las casas de personas que no son muy ricas, pero que quieren parecerse a los ricos, con lo cual sólo logran parecerse entre sí: cortinones, muebles de ébano, flores, tapices y bronces, oscuros y brillantes, ¡todo cuanto hacen cierta clase de personas a fin de parecerse a todas las personas de cierta clase!”.

¡Ruso tenía que ser! No obstante que viviera en la época zarista, es decir, antes de la Revolución de Octubre liderada por Lenin en 1917, pero la pequeña burguesía, como también se califica, con su natural perspicacia, presentía lo que se les venía encima, y comenzaba a conformarse, dejando atrás su verdadera esencia, mucho más distinguida e ilustrada… como la nuestra.

A lo cual yo agrego lo que decía el escritor paraguayo Augusto Roa Bastos en su novela Madame Sui: “Se trata de personas que miran a los que están abajo, con la pueril y fatua ilusión de creer que están arriba”.

A propósito, en su más conocida obra, Ariel (1900), el escritor uruguayo José Enrique Rdó acuña un neologismo, “Nordomanía”, con el que busca contrastar la idiosincrasia de Ariel -uno de los protagonistas de la obra-, muy “nuestroamericana”, como diríamos hoy, con la de Calibán -su contrafigura-, quien vendría a representar lo mismo que logró el ilustre historiador venezolano Don Mario Briceño Iragorry en 1953, cuando apostrofó de “pitiyanquis” a los que ya conocemos. Es decir, “nordomanía” para Rodó vendría a ser sinónimo de “pitiyanquismo”.

¿Y cómo la atropella el catalán Fernando Díaz-Plaja? En A Roma por todos los caminos (1970) se desboca: “He aquí la burguesía ofendida -pensaba Carlos-; hasta ahora le habían quitado gran parte de lo material, respetándole un privilegio moral. Los Gobiernos miman y respetan al proletario porque éste amenaza con la acción directa, porque sale a la calle y grita su odio a gritos. Pero la clase media, los de cuello blanco, de manos sin callos, éstos no son peligrosos. Creen en Dios, en la Iglesia, en el orden, en la propiedad que no poseen. No importa que sufran; son inofensivos. Son unos señoritos pobres que, a lo máximo que aspiran, es a que la capa superior los albergue por unos instantes en su seno. Se sienten muy alejados del trabajador, del artesano. Y éste, hasta entonces, había respetado sus cafés, sus bares, los centros llamados ‘de sociedad’. Ahora este obrero había decidido que la lógica de la economía se impusiera sobre la tradición. Él ganaba lo suficiente para vivir en la residencia; ¿por qué tenía que privarse? Había ido allí y nadie se había atrevido a negarle la entrada: mañana podían seguirle decenas de compañeros de trabajo. ¿Y ellos qué harían? -Miró alrededor, miró las caras. Todos pensaban en lo mismo-: Se irían a otro sitio. ¿A dónde podría ir la clase media cuando la de abajo llegara al cine, al bar, al paseo que quisiera, y los ricos se encasillaran en los palacios y en los salones más confortables, subiendo la cuota si era necesario para impedírselo, pues sus ingresos no dan para darse esos lujos?”.

Cuando aparece este libro, gobernaba la extrema derecha con el “Caudillo de España por la Gracia de Dios”, como beatíficamente bautizó la Iglesia al brutal dictador Francisco Franco; ¡la misma Iglesia que hoy se escandaliza por un inocente y amoroso “Credo” dedicado a Chávez después de su siembra, que declamó una humilde mujer del Táchira!

Y hablando de España, Don Miguel de Unamuno, al imponerse la dictadura franquista (1939), la apoyó. “Pero a los pocos meses se arrepintió del giro que había dado, porque le tocó vivir de cerca el horror de la revancha de la derecha: sus amigos fueron encarcelados y fusilados. En la Universidad de Salamanca le gritan los franquistas ‘Abajo los intelectuales traidores’, a lo que responde el Rector Magnífico: ‘Venceréis, pero no convenceréis, porque os falta razón y derecho'”.

Ya casi para terminar, leamos lo que tiene que decir respecto de esa clase media tan desconsideradamente maltratada, Salvador Pániker, otro catalán maledicente: “…no son mala gente; son, ya digo, gente normal, es decir, gente que sólo se entera de lo que le conviene, de lo que no pone en peligro el concepto que tienen del mundo y de sí mismos”.

Y concluyo nada menos que con Víctor Hugo, quien en su portentosa obra Los miserables, se muestra más lapidario aún con ese vapuleado y calumniado sector de la sociedad, de ser esto posible luego de lo visto más atrás. Al hacer un bosquejo de la depravada familia Thénardier, la desnuda: “Estos seres pertenecían a esta clase bastarda, compuesta de gentes groseras que se han elevado, y de gentes inteligentes que han decaído, que está entre la clase llamada media y la llamada inferior, y que combina algunos de los defectos de la segunda con casi todos los vicios de la primera, sin tener el generoso impulso del obrero, ni el honesto orden del burgués”.

Pienso que a Hugo se le pasó la mano al categorizar el “honesto orden del burgués”, por las dudas que se me atragantan, luego de haber leído otros autores franceses, de que así fuera en el siglo XIX, porque en estos tiempos no creo que exista esa especie, y si se diera algún caso, resultaría verdaderamente excepcional.

Ahora veamos otra semblanza de ese “burgués” del cual nos habla Víctor Hugo, a la que nuestra simpática clase media pretende emular, pero visto desde la perspectiva de Honoré de Balzac, perteneciente a una generación un poco anterior a la de Hugo. En su famosa novela Eugenio Grandet encontramos esta lapidaria radiografía, no sólo de esta clase alta codiciosa y sin escrúpulos, sino ¡hasta del mismo sistema capitalista!: “¿No es acaso el Dinero con toda su potencia, representado por una sola fisonomía, el único dios moderno en el que se tiene fe?… ¡Espantosa condición del hombre! Todo lo que constituye su felicidad proviene siempre de su ignorancia”.

PS: “No importa en realidad cómo se es, lo que importa son las apariencias”.

MISIÓN VERDAD

Anuncios