La crisis venezolana tiene características propias y algunas razones de orden local, pero está muy lejos de ser toda esa parafernalia para estúpidos que se ha instalado en la mediocridad informativa mundial. El cuadro de inestabilidad es un pequeño apéndice de la crisis en desarrollo en todo el planeta. La crisis es global y nosotros somos una pequeña consecuencia, no la causa.

Nombrar la crisis pasa por nombrar un modelo que no es exclusivamente económico, es un modelo bajo el cual se rigen todos los territorios, gobiernos, culturas y comunidades conocidas de este planeta. No hay nada que pueda nombrarse que no esté bajo la dictadura del capitalismo, nada funciona fuera de su dinámica. Que además se sostiene en la abstracciones tecnocráticas, esa especie de droga para ingenuos enfermos de academicismo que oculta la sencilla formula saqueadora del único sistema global.

Los procesos y resultados electorales del ultimo año prenden las luces y muestran con toda la brutalidad el agotamiento de las formas tradicionales con la cual los gobiernos de la región han venido ejerciendo la política. El espejismo que viene con el paquete de los períodos de bonanza y el posterior entrampamiento exitoso bajo el cual nos encontramos ahora, nos ha obligado a hablar de la economía como una ciencia apartada de la política, disfrazada bajo la pastosa terminología seudoexperta y tecnocrática. O peor aun, a través de las convenientes firmas de asesores y especialistas que insisten en convencernos de que es posible “cambiar” el rumbo de los países usando la mismas formulas que los destruyeron.

La oligarquía global juega pesado y administra los tiempos con habilidad ordenando sus piezas luego de estos años de “esperanza”, y al agotarse el ciclo de vacas gordas aquellas grandes proclamas de irreversibilidad de la “democracia de los pueblos” está siendo puesta en jaque con la misma jugada y bajos los mismos métodos que años atrás promovimos como propios, subestimando las capacidades del 1% para aprender y adaptarse a cualquier escenario de confrontación, tal y como lo ha hecho durante cientos de años, fortaleciéndose en cada período de crisis.

La crisis es política, no económica. Son las formas obsoletas de la política las que deben ser abandonadas y quien está viendo este panorama con claridad no somos precisamente los que -con una carga insoportable de ingenuidad- hablamos de cambio. Seguir sosteniendo formulas agotadas, representativas, tradicionales, insistir en la débil premisa de la fundación de “nuevos estados” en un momento donde el estado de sitio es global, es por decir lo menos, suicida. Todas estas formas creadas a lo largo del desarrollo del sistema capitalista vía sus sistemas de educación, hoy son oxigenadas por nosotros mismos, con la triste esperanza de superar siglos de dominación con simple voluntarismo, buenas intenciones, planes de gestión y respeto a la legalidad.

El poder trasnacional no va a parar las maniobras de especulación, ocupación, explotación y guerra desplegadas en todo el planeta. La ofensiva establecida por banqueros e inversores para quebrar países, ha roto todos los consensos políticos entre potencias, los cuales sostenían las llamadas leyes de la economía. La guerra interna de estas élites avanza a un tope supremamente peligroso violando acuerdos día a día en los distintos escenarios de confrontación, sean políticos, militares o económicos. Y siendo así, funcionando el planeta bajo este esquema único, hay que repetir las veces que haga falta: no es posible resolver nada bajo los parámetros tradicionales, ordinarios, o académicos.

En la guerra nada se mantiene estático: estrategias, símbolos, tácticas, propaganda, partes, negociaciones, todo se dinamiza y se renueva según el desarrollo de la misma y según el conocimiento de los movimientos del otro. Básicamente porque de la inventiva depende la vida de millones de personas. Hacerse visible, predecible, es el primer paso para ser vencido.

Lo que ayer nos sirvió para avanzar como bloque, hoy ya son códigos conocidos por el enemigo. Representa un terrible error insistir en el despliegue de estrategias ya descifradas en detalle. Los procesos de Argentina, Brasil, Bolivia y Venezuela lo describen con exactitud. La administración de los estados en plena descomposición es ahora mismo un peso enorme que paraliza la posibilidad de fundar nuevas ideas.

La invención que requiere el país y la región hay que parirla. Mientras llega el colapso de la economía mundial y el quiebre del sistema, el chavismo está obligado a dar saltos jodidos, muy complejos vistos desde la letanía que hoy nos consume. Una clave aún encendida, viva, es volver a la declaración de principios y bandera mas audaz del pueblo en movimiento, de la participación protagónica, para arriesgar en nuevos métodos, nuevas formas de organización, de análisis, de estudio, nuevos símbolos, nuevas ideas solo posibles en la catacumbas. Más vale un atrevimiento hacia lo desconocido que insistir tercamente en formulas obsoletas. Desprendámonos de la dictadura de la coyuntura y obliguémonos al sereno que parió la victoria de todas las batallas anteriores.

La lógica de la política representativa tiene que ser abolida en todas sus formas y dimensiones: desde el lenguaje, las conductas, los planes, las proyecciones, las formas de comunicación, de consulta. Absolutamente toda la estructura de la representatividad debe ser golpeada con fuerza cuando las condiciones lo permitan y cuando no. Nada va a resolverse bajo el vicio de la política tradicional. Urge doblegar la costumbre y apostarle a la participación.

El chavismo no necesita defensa ni protección, el chavismo es la defensa y es la protección. La representatividad murió en 1989 y ahí toda la vieja política. Volver a ella sería condenarnos, perder el chance histórico de la trascendencia por no haber leído, con todo el dolor que ello implica, esta realidad.

MISIÓN VERDAD
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