No podía inaugurarse abril sin una nueva arremetida mediática desde el exterior, esta vez desde el medio The Economist. No es la primera vez que el semanario anglosajón publica un artículo en torno a la violentada economía venezolana, sobre todo si tomamos en cuenta que el tema de la inflación inducida y el desabastecimiento programado se usan como desfile de modas para maquillarlos tecnocráticamente y darles el color de crisis.

En The Economist el lector no encontrará un solo análisis que diagnostique el estado actual del capitalismo, sino reseñas de fondos de inversiones y odas al gobierno corporativo que sus dueños intentan imponer financieramente y a las armas.

Africanización de Venezuela vía propaganda

El lector también encontrará a Venezuela comparada con la Zimbabwe de Robert Mugabe, político de larga data que a los ojos del mundo, a imagen y semejanza de la voluntad occidental, representa el mal y la barbarie, el retraso y lo más bajo de la cadena cultural de África.

Esta africanización de Venezuela encuentra en The Economist otro golpe perceptivo, sigue las señas de comparar peras con manzanas. Otro juego cazabobos, que Fausto Masó ataja de buena gana. No importa cada flojo argumento que expone el reportaje del semanario para comparar los síntomas de la crisis con la Zimbabwe de hace 15 años, cuando el país africano era golpeado por una hiperinflación producto de la expropiación de latifundios importantes para la blanca oligarquía de ese país y rechazo por parte del gobierno de Mugabe de pagarle una deuda al Fondo Monetario Internacional. El mismo FMI que extorsiona a Venezuela con la “legalización” del precio del dólar paralelo.

En sintonía con el reciente anuncio de la nacionalización de las minas de diamante en Zimbabwe y el golpe blando en Venezuela, las guerras económicas contra estos países se banalizan con el típico dejo vuelto axioma, que en este caso The Economist resume en: “Esto es absurdo: en ambas economías los ataques provienen de sus propios gobiernos”.

Su línea editorial va en sintonía con los poderes que deciden la hora loca global y financiera

En el mes de febrero, la publicación también difundió par de artículos, uno que hace un diagnóstico a vuelo de pájaro (con gráficos incluidos, para otorgarle “austeridad investigativa” como si fuera un condimento de cocina) en torno a la situación económica y política con especial énfasis en el espaldarazo a la nueva Asamblea Nacional; el otro señala la anhelada explosión social que no llega en Venezuela, con declaraciones incorporadas de algunos IESA-boys del momento como José Manuel Puentes y Asdrúbal Oliveros, por lo que llama al “cambio de régimen” en concordancia con las palabras del Departamento de Estado cuando se refería a los gobiernos de Muamar Gadafi y Bashar al-Assad.

Y es que The Economist, más allá de ser un medio consultado por tecnócratas neoliberales, es una catapulta de propaganda al servicio de banqueros, criminales financieros y objetivos políticos en consonancia con el orden corporativo global.

Con pecado financiero concebido

The Economist se fundó 1843, concebido como un magazine (revista periódica) que reflejara las nuevas tendencias económicas en auge. Publicado por primera vez en Londres, centro industrial y financiero, a medida que las décadas pasaban el número de circulación aumentaba hasta repartirse, a finales del siglo XIX, en toda Europa y EEUU.

Por lo que su línea editorial va en sintonía con los poderes que deciden la hora loca global y financiera, sobre todo si esas decisiones se toman desde las oficinas de Wall Street o la City de Londres.

En una columna sobre las opiniones de este medio en torno a la política electoral de Tailandia, Tony Cartalucci dice: “Mientras muchos creen que The Economist es una publicación noticiosa de buena reputación, es en realidad una oficina de compensación (agencia que fija cuentas entre bancos) para la corporatocracia global y su agenda ilegítima. The Economist admite asociarse con la élite global en varios espacios como la anual e ilegal reunión de Bilderberg. Y aunque muchos pueden precipitarse en su defensa, alegando que dichas asociación es inocua, la constante letanía de automercado, los artículos de su agenda buhonera sugieren algo diferente”.

No es de extrañar lo dicho por Cartalucci sobre la línea editorial del magazine, debido a que The Economist es un medio más entre el abanico que ofrece e imprime la corporación The Economist Group. Los dueños de esta importante pieza de la mediocracia mundial son las familias más importantes de Europa en materia de industrias, banca, grandes gestores de activos y fondos de inversiones, como la familia Cadbury y el ala inglés del clan Rothschild, y las compañías de inversión Schroders y Exor. Los títulos nobiliarios (señores y barones, en jerga feudal) forman parte de la junta directiva, y el mayor accionista es la familia italiana Agnelli, fundadores del emporio automotor Fiat.

Nada escapa a los intentos de The Economist por cartelizar la guerra

Otro medio con bastante demanda entre las ofertas mediáticas de The Economist Group es el periódico Roll Call, cuyos lectores más ávidos se encuentran dentro del Congreso estadounidense en Washington DC, cuyos reportajes legislativos y análisis en torno a lo que sucede Capitolio adentro tienen una importante generación de opinión en EEUU y el resto de las capitales de Occidente.

Nada escapa a los intentos de The Economist por cartelizar la guerra contra los países adversos a la política corporocrática y a la propaganda burda del Imperio.

La Patilla anglosajona

Su condición de laboratorio de propaganda agresiva sobre el tema financiero en Venezuela, hace de la magazine británica un importante y venenoso dardo.

Como La Patilla, a nivel global The Economist carteliza cualquier suceso o dato que logre justificar el ataque mediático en el marco del bloqueo financiero que se le impone a Venezuela y al resto de países que resisten el embate imperial, tanto en escala económica como fácticamente guerrerista. Las calificadoras de riesgo son sus fuentes preferidas, el default su escenario preferido.

En junio de 2015, The Economist arremetió contra el dictamen de la FAO a favor de Venezuela, que considera a nuestro país como uno positivo en la lucha contra el hambre. Por su campaña de desinformación y el sesgo en detrimento del Gobierno Bolivariano, la cancillería venezolana respondió con firmeza. A ese nivel de asedio propagandístico respondemos.

Y como La Patilla también hace alardes de pornoperiodismo, debido a que actualmente usa el sexo y la pornografía para atraer lectores más allá de la demanda académica y tecnofinanciera recurrente en sus páginas de papel y web. Sólo que The Economist tiene “la clase” suficiente para usar gráficos y estadísticas (sin soportes reales, pero numeritos al fin) en vez de las fatídicas declaraciones de Capriles y MariCori.

MISIÓN VERDAD

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