Habría que preguntarse en principio si es casual que a un país se le otorgue simultáneamente la organización de la Copa del Mundo de la FIFA (Brasil 2014) y de los Juegos Olímpicos (Río 2016) en menos de dos años. Poderosos eventos de tales dimensiones ponen el foco de la teleaudiencia lobotomizada del planeta casi obsesivamente sobre el país organizador, se trata de un periodo corto de tiempo perfecto para operaciones sicológicas masivas y manejo de la percepción de la opinión pública mundial.

Hoy, tres años después del inicio de operaciones sicológicas y de agitación en Brasil, su presidenta Dilma Rousseff acaba de ser apartada del gobierno mediante un golpe de Estado soportado en la nada, diseñado bajos los nuevos esquemas de intervención no convencional y operado por políticos mediocres teledirigidos por corporaciones financieras, petroleras y mediáticas superpoderosas.

1. Droga futbolera, Copa Confederaciones y Rivaldo indignado

Si hacemos memoria recordamos que las operaciones de amplio espectro y propaganda (más todo el proyecto golpista) contra Dilma, arrancaron apenas a un día del inicio de la Copa Confederaciones en el año 2013 en Brasilia. Casualmente estallaron protestas “espontáneas” de grupos de la clase media brasilera, principalmente de zonas urbanas. Agrupaciones supuestamente antipartido desplegaron las ya conocidas consignas “antipolíticas” manteniendo, eso sí, fuerte presencia y organización 2.0, la narrativa medios afuera era “ciudadanos comunes sin orientación política”, mismo formato generador del joven indignado en las intervenciones contra Libia y Siria. Todo, por supuesto, con el megáfono a punto de las infaltables organizaciones de derechos humanos vomitando hacia fuera.

Destaca que la audiencia de la Copa Confederaciones de ese año superó, sólo en Brasil, los 42 millones de espectadores y casi 70 millones en el resto del mundo, escenario ansiado por cualquier agencia de publicidad del planeta para vender lo que sea, pagando lo que sea. Las cadenas multinacionales del deporte y la comunicación masiva dueñas de los derechos de transmisión de este evento, combinaron los pornodatos alrededor de Neymar, Piqué y Shakira con opiniones favorables a las protestas legítimas en contra de una “galopante corrupción gubernamental”. Todo esto en simultáneo con los clásicos pronunciamientos oportunos de formadores de opinión (deportivos en este caso) de largo alcance y audiencia:

La cobertura televisiva de la Copa Confederaciones (y por añadidura de las protestas) estaba nada más y nada menos en manos de cadenas como NBC, ABC, ESPN, Telemundo, Univisión, Fox y Directv. Y como vanguardia local, O Globo, el canal de televisión más poderoso del poder financiero de Brasil deslizaba adjetivos disuasivos como “acontecimientos históricos”, o “democracia en la calle”, de movimientos “apolíticos”, “indignados”, “cansados de todo”.  Toda la operación, como ahora se sabe, estuvo soportada con técnicas de manejo de la percepción, desinformación, imprecisión intencional y demás elementos de agresiones culturales y mediáticas estipuladas en los manuales de las nuevas guerras no convencionales.

Posterior a la Copa se vino el Mundial de 2014 sin que se lograra consolidar más allá del experimento de los días de la Copa Confederaciones una nueva ola de “protestas”. Al parecer la droga futbolera jugó en contra, que tampoco fue impedimento para aplicar el típico y triste procedimiento de menor intensidad (muy conocido en Venezuela) de abucheos e insultos a Dilma dentro del estadio de Sao Paulo, antes del partido inaugural entre Brasil y Croacia. Otro dato no menor es que este Mundial, entre otras cosas, sí sirvió de cortina para el nacimiento espectacularizado del Estado Islámico. Occidente, como se ve, no descansa.

2. Los escándalos, Lula y los dioses

Tres años después, al mejor estilo de Frank Underwood, el no tan nuevo modus operandi de la élite corporativa de fabricar escándalos alrededor de figuras referentes de la política se ha impuesto simultáneamente. En Brasil, Lula y Dilma fueron víctimas (bastante pasivas realmente) de la muy bien pensada operación Lava Jato y el hipócrita relato del empresariado corrupto de “la lucha contra la corrupción”, en Venezuela han intentado implicar a Maduro y Diosdado en escándalos de tráfico de drogas sin que al día de hoy haya una sola prueba cierta, en Bolivia días antes de las elecciones Evo fue involucrado en un escándalo amoroso del que todavía no ha logrado salirse, caso similar al de Lugo en Paraguay. Todas operaciones de manipulación de masas de gran envergadura evidentemente coordinadas desde el norte.

Y por supuesto que a cada escándalo le sigue su profundización propagandística que, de no vivir en un mundo de zombis, pasarían por acciones ridículas y fuera de toda lógica. Bajo esos principios operativos y de laboratorio fue que el día 4 de marzo de este año se movilizaron hasta la mismísima residencia de Lula 200 agentes-élite de la policía federal fuertemente armados, y 30 auditores de hacienda para llevarlo detenido e interrogarlo durante horas por una denuncia de corrupción fantasma proyectada por el diario Folha de Sao Paulo en su primera página esa misma madrugada. Así, con un simple titular, se daba inicio al quiebre formal del sistema político instalado en la era Lula apresándolo a él mismo, matando la culebra por la cabeza.

¿El objetivo? Exponerlo a la opinión pública como un líder desgastado, deshonesto y sin fuerza moral para encarar la operación política en su contra, destrozar el símbolo para matar al mito (recuerda la mañana del 12 de abril y uno de los episodios más vomitivos de la historia política venezolana). Tanto la operación previa a la Copa Confederaciones como esta última contra la figura del presidente más popular en la historia de Brasil fueron capitaneadas por poderosos consorcios, semidioses de la comunicación local: O Globo, Manchete, Bandeirantes, STP, Veja, Folha do Sao Paulo, O Estado do Sao Paulo. Con sus respectivas réplicas en el mercado de la comunicación internacional occidental.

Hoy, aun cuando el propósito ha sido logrado, la balurda propaganda corporativa contra Brasil avanza sin frenos. No es Dilma ni Lula la pieza central a destruir, es un país con todo y raíces el que debe ser desmantelado desde todos los ángulos. Testigo del vómito lo encontramos en par de notas en la víspera de la votación del Senado que materializó el golpe. Por un lado The Independent y por el otro The New York Times, ambos proyectando una narrativa en torno al mismo objetivo: la moral nacional.

La insoportable ingenuidad

Contra Brasil, al igual que contra Venezuela y toda la región, están articulados los poderes transnacionales en plena ofensiva multidimensional. Las operaciones simultáneas contra el bloque político antigringo están marcadas por agresiones de todo tipo avanzando en simultáneo: financieras, culturales, energéticas, económicas, alimentarias, políticas, militares, morales, etc.

Por donde se le vea, los principios y los objetivos son los mismos: quiebre de las estructuras de los Estados-nación, bloqueo de participación masiva del pueblo en la política, frivolización de los discursos para generar opiniones favorables a la intervención, moldear la percepción de los problemas para trasladar la responsabilidad del deterioro a los gobiernos sin tocar a las élites empresariales.

Ahora bien, lo que parece, o lo que se ve, sobre todo en los últimos años donde se ha hecho evidente el debilitamiento de los mecanismos políticos regionales como Unasur, Celac y Alba, es que frente a una ofensiva de semejantes magnitudes, aun los líderes de la región parecieran no entender el momento político y la aceleración de los acontecimientos demenciales en contra, no sólo de los gobiernos, sino de millones y millones de personas que han mostrado determinación por cambiar. La muerte de Hugo Chávez marcó el punto de inflexión y de partida de jugadas de caída y mesa limpia, mientras tanto la izquierda -nacional y regional- sin el liderazgo del Comandante parece haber vuelto a la política de los años 60: una insoportable ingenuidad frente a la guerra y un estéril voluntarismo desorientado.

Sin consensos ni pactos posibles, quien ha cedido frente a las exigencias de las élites ha sido desplazado en el mejor de los casos, asesinado en el peor de ellos. Habría que preguntar hoy a Dilma Rousseff si ha hecho balance de los coqueteos con los gobiernos criminales de la Unión Europea o de aquellos planes ilusorios de fortalecimiento del empresariado nacional para la libre competición en los mercados mundiales.

No estamos pasando por un simple periodo de inestabilidad política o del regreso de viejos planes de dominación, como insiste en decirnos el periodismo gafo o flojos analistas progres. Estamos transitando por la autopista más peligrosa de la historia de la especie, y frente a esto no hay muchas opciones a la vista: o se inicia una discusión seria sobre el único sistema global a punto de estallar y su posible sustitución, o el arrase será total.

No es posible competir con los dueños del planeta. A nosotros nunca nos van a perdonar el alzamiento.

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