Hoy cuando somos asediados por la bien pensada confabulación de los grandes fabricantes y traficantes de drogas legales e ilegales, por fabricantes y traficantes de armas, por estafadores financieros de toda calaña, por los ladrones (bachaqueros) agrupados en el comercio mundial y local, por los dueños del espectáculo y sus medios de propaganda, por la academia mundial; quienes al final son los mismos dueños y señores de la guerra desde tiempos inmemoriales, que hoy han puesto en movimiento la más grande y deslumbrante maquinaria de tarifados representantes gubernamentales, diplomáticos, políticos, intelectuales, ministriles, saltimbanquis, policías, ejércitos, espías, universitarios, académicos, profesionales de la palabra y los gestos, desclasados de todo pelaje; para evitar que sus planes de ser dueños únicos, se vean truncados por la rebeldía de un pueblo atrevido, dispuesto a crear otra cultura distinta a la humanista; que fuimos capaces, por encima de todo pronóstico, de levantarnos, de plantarnos, de faltar el respeto a los dueños, nacionales e internacionales; acto que en el pasado reciente (Libia, Irak, Siria, por nombrar algunos) nos ha costado a los pobres del mundo baños inenarrables de sangre, por intentar crear sin tutela el pan para todos.

Estos hechos han establecido una simple situación de guerra provocada por los dueños. Las guerras, sean de primera o mil generaciones, buscan el mismo objetivo: robar al otro, en este caso a nosotros los pobres. Pero, ahora, sin que tengamos la opción de decir apa o esta boca es mía, porque la guerra actual es contra los pueblos, es descarada, no necesita justificación, es como las guerras de Olafo El Amargado: porque sí.

Para la izquierda neo o tradicional, euro o gringa, estalinista o trokista, jipi o reguetonera, punqueta o supra anarquista, ultra chavista o chavista lai, todo el problema lo reducen a que el gobierno no sabe lo que está haciendo, que el problema es la corrupción y la mala administración, que se trata de cortar cabezas y ya, que nosotros los pobres debemos salir a descargar nuestras arrecheras en defensa de nuestros legítimos derechos. Así como salió Capriles y Leopoldo López, que salgamos a morir a las calles con banderas y pancartas cantando el avelachao, la internacional y el pueblo unido jamás será vencido, mientras los intelectuales se regodean desde sus computadoras, sus cámaras, sus radios, sus mullidos muebles, en sus oficinas con aire acondicionado, explicando cada muerte, cada masacre, y peleándose por demostrar quién predijo primero el fracaso, la tragedia y la falta de conciencia de la masa ignorante, que en fuerza descomunal salió al arrase, que está demostrado que los principios de esas mayorías oscuras son la rebeldía sin control, que esa arrechera de mil años debe ser descargada cada cierto tiempo cíclico, no importa contra quién sea, así sea contra sí misma, y preferiblemente contra sí misma, para que el mundo pueda seguir su buena marcha hacia un mundo más justo y más humano… y toda esa bolsería ideológica sociológica; que aspiran que se repita como en el ochenta y nueve, mientras ellos llegan al orgasmo, aferrados a sus instrumentos mediáticos.

Por ninguna parte se asoma la opción de nosotros pensando, planificando, creando, sólo nos ven cayéndonos a coñazo para defender la revolución y los derechos, y los sacrificios, y los mártires y los héroes. Nada de estudiar la realidad, nada de buscar entender por qué somos como somos. Lo importante es aprender a tener conciencia, no importando qué carajo sea eso, ni para qué sirve, lo importante es que repitamos como loros cada consigna, cada cliché, cada panfleto. Porque en definitiva, ¿para qué pensamos, si ya existen los intelectuales?

Debemos parir pensamiento, y con ello el concepto intelectualidad que lo explique

¡Ay! de quien se arriesgue a decir que ese aparataje universitario artístico académico debe ser eliminado, porque ahí sí se confabulan y salen como zombis de televisión a despedazar y comerse a los que osen, porque ellos deben (una deudita) desde el apodo de intelectuales, pasando por los premios, individuos de número, membrecías, hasta el preescolar.
En medio de la contradicción revolucionaria, el intelectual nacido y criado en el mundo burgués pudiera sumarse como uno más a esa gran tarea de crear otra cultura, pero superar sus egos, el afán de reconocimiento, quién da la última palabra, el deseo del saqueo mental, y por encima de todo cuestionarse lo aprendido será un gran sacrificio, porque nunca lo harán desprendidamente.

En esta encrucijada, los pobres debemos definir el problema intelectual en la revolución, porque no puede ser que continuemos en la tradición de instituir al intelectual que produjo y se constituyó con el surgimiento del método científico, en la lógica aristotélica formal, que se aplica en las universidades y en el aparataje académico completo, creando el paradigma de lo individual egoísta, sustentado en el humanismo. Además, replicado en todos los medios de propaganda del sistema.

Esta revolución surge sin padrinos ideológicos que la conduzcan. Debemos parir pensamiento, y con ello el concepto intelectualidad que lo explique. Esta intelectualidad, en el marco de toda la contradicción que representa la revolución, debe ser colectiva, no orgánica, no favorable, no justificadora, no panfletaria, no acomodaticia, no repetidora, no imitadora de lo extranjero, como los actuales intelectuales de izquierdas y de derechas, porque esa intelectualidad clase media siempre ha jalado la sardina para su sartén, claro está, siempre en nombre de nosotros los pendejos. Al final terminan siendo carroñeros en la revolución y fortalecedores de la esclavitud.

No podemos continuar dándole cabida al espasmo político, al diseño de la política gremial y chantajista, en nombre del hambre, el miedo y la ignorancia. En demasía nos cuesta a nosotros los pobres.

Como pobres no podemos llamarnos a engaño: debemos sabernos huérfanos, trabajando eternamente para los dueños, siempre lo hemos sido. El gran esfuerzo histórico en medio de la revolución es crear pensamiento.

Debemos definir con mayor claridad lo del intelectual colectivo, porque se puede confundir con gente que individualmente se fabrica en las universidades, gente que piensa y vive del intelecto como profesión y se suma a la lucha de los pobres, dándonos orientaciones y, al final, guiándonos para donde le dé la gana o a quien le paga, para que nos oriente o use. Gente que puede llegar al extremo de quedarse viviendo con nosotros, pero siempre mandándonos, perdón, orientándonos.

Debemos aclararnos. La idea del intelectual colectivo surge con esta revolución, es la posibilidad de que como clase nos pensemos, nos organicemos, nos soñemos, nos diseñemos, nos politicemos, nos constituyamos como cultura. No que aprendamos a ser como los intelectuales individualistas actuales, no que seamos académicos, no que comamos libros cadáveres, para andar echoneándonos como sabios e imponiéndonos a los congéneres como superiores. No que andemos acumulando títulos para ser propietarios del conocimiento actual y futuro, no que escribamos y nos interpretemos. Necesitamos ser intelectual colectivo para que nunca más nos repoliticen o nos reideologicen (el prefijo es claro, no se presta a duda de ningún tipo, ni razonada ni irracionalmente, ebria o sobriamente). Repolitizarse o reideologizarse es ser de nuevo adeco o copeyano, pedigüeños, enmisereados, envilecidos, o jalabolas de curas o pastores que mantienen miedos y esperanzas del nunca jamás, o de izquierdas eternamente en derrota, religiosamente esperanzadas en una estúpida utopía que nunca llegará.

Los pobres debemos obligarnos a superar colectivamente esta conducta, este accionar, de adocenados, ramplones y chabacanos intelectuales, adoradores de lo extranjero, vendidos al mejor postor, que en toda su vida han justificado la pobreza y miseria en que hemos vivido.

Quemar los barcos del capitalismo es el quehacer más importante en medio de una revolución

No hay manera de que a estos universitarios, y fundamentalmente a la caterva de letrados y sociólogos, se les ocurra pensar que habitan y nacieron en estos territorios, en donde hombres y mujeres hicieron historia trascendente.

La cobardía no les permite pensar con cerebro genuino, siempre tienen el pescuezo torcido al pasado, mirando hacia el día en que sus amos generatrices los premien por favores recibidos, siempre leyendo en sus libros tumbas, siempre con sus teorías cadáveres, realizando la labor de asesinar en nosotros la capacidad de crear, de diseñar otra cultura, tratando de imponer lenguajes retorcidos, porque de otra manera no podrán cobrar para viajar a Europa o Estados Unidos, Olimpo hediondo a mierda de sus dioses, a rendirles pleitesía, a doblegar las rodillas.

Algunos de nosotros también nos asustamos en la creencia de que sin ellos no seríamos nadie, sin percatarnos que justamente ser implica abandonar las cadenas que ideológicamente nos atan a ese conocimiento poderoso y represor, que el atreverse es la verdadera acción transformadora.

Quemar los barcos del capitalismo es el quehacer más importante en medio de una revolución para poder emprender la maravillosa aventura de ser lo otro, lo distinto, lo nunca imaginado.
Porque si alguna vaina aprendimos del Comandante es que en una revolución se anda con voz propia.

Debemos ser un hecho intelectual, con formas, modos, usos y costumbres, de creación y diseño colectivo para no ser la intelectualidad que vive apegada a la empresa privada, rastreramente esclavizada en el jalaboleo vil, o a la teta de padre gobierno, al que critica pero chupa sinvergüenzamente, hasta que muere atiborrada de prebendas, promoviendo la honestidad y el decoro, pero deshonestamente decorado con la plata de la indignidad.

Necesitamos ser la intelectualidad colectiva que vive, piensa y siente como teluridad en este territorio para no andar añorando premios en loterías y concursos que envilecen y remachan chancros y mantas de burdeles extranjeros que nunca nos llevarán al nirvana endógeno.

Quedarse pegado, añorando viejas revoluciones y viejos líderes, alzamientos fantásticos, donde seamos los lenines o maos, o Che Guevaras, cabezas de insurrecciones o ideólogos o cronistas de revoluciones es el más grande sinsentido cuando estamos ante los hechos históricos más deslumbrantes que generaciones algunas hayan vivido.

Los pobres en revolución estamos obligados a buscar y crear los dispositivos en donde todos podamos participar del hecho intelectual. Para ello se hace necesario abrir puertas y ventanas en los campos y en los barrios, rancherías de pescadores, para encontrarnos con la política y el arte que nos hará construir la otra cultura.

La revolución continuará su curso, disolviéndose en sus planos infinitos. Nosotros moriremos con los miedos o las valentías, con las ignorancias o las sabidurías, con las hambres o la saciedad, con la radicalidad o la audacia. Pero nunca jamás volverá a ocurrir la revolución de 1989, ni sus líderes, ni sus hechos, porque la cultura humanista que la hizo posible tampoco volverá a repetirse.

MISIÓN VERDAD

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