Un crimen depravado en estado puro. Un caso Chalbaud, con macabra vuelta de tuerca, donde quedan al desnudo los resortes del poder tradicional.

Hablamos, sí, de los dos profesores de natación que fueron detenidos, pruebas forenses de por medio, uno de ellos por abusar sexualmente de niños de primer grado en el colegio Emil Friedman. El otro en libertad al demostrarse el no estar implicado directamente (pero que en la actualidad se encuentra bajo régimen de presentación). Y mientras el caso sigue en desarrollo, de nuevo son las señales alrededor las que le dan el tono y el contorno a una atmósfera pesada.

En materia del poder puro y duro hay noticias que se reservan su derecho de admisión. La sordidez que rodea al caso que ha seguido Latabla.com, ilustra un clima moral espeso, miedoso y característico cuando a las clases altas se les toma por asalto, casi in fraganti, dentro de una situación criminal que poco puede disimular su paisaje cuello blanco dado el escenario en el que se perpetró el delito.

Para dar medida del acto reflejo, de cómo ese cuerpo político reacciona y pone a andar sus más primarios mecanismos de defensa, tenemos las especies que comenzaron a contaminar la investigación. “Es un caso político”, “buscan arrrremeter contra el friedman”, “el denunciante es del gobierno, osea”, y la preferida de todos: “quieren expropiar el colegio, luego de ensuciar su imagen”.

De nuevo volvemos a presenciar otro caso de cómo la pretensión de administrar silencios es rebasada por la gravedad de las denuncias y sus implicaciones, todas que finalmente dan en el centro de la diana en materia de prestigio en uno de los más preciados colegios de la élite caraqueña, pero que trasciende el contexto específico y deja de darle (otra vez) carácter infalible al don de seguridad garantizada y exitosa de la Caracas bien. Ya no hablemos de los extremos en donde se fraguan las depravaciones.

En su (intencionada) pequeña escala, al no poder apuntar directa y abiertamente a las víctimas (cuyas identidades deben mantenerse bajo protección), el objeto de la contaminación se concentró en “el procedimiento”, en las “inconsistencias judiciales”, en el acompañamiento (¿acoso?) apresurado y, al parecer, desinformado de algunos periodistas que llegaron al extremo de querer sugerir que “se sepa más” sobre las “otras víctimas” así como así (alude en una serie de tuits Daniel G. Colina a que primero se trató de una víctima, pero cuyo avance en la investigación condujo a tres más).

En el intento de instalarle vicios y “datos” superficiales poco comprobables en contraste con los hechos, algunos medios recordaron la conducta que en su propia dimensión tuvo la reacción  ante la dada de baja de El Picure: ensuciar la veracidad de los hechos para volcar la atención sobre quienes denuncian, atropellando mediáticamente a las víctimas (niños en este caso) y familiares, en el intento de revelar descaradamente datos mientras se dizque denuncia “la politización” del caso.

El poder, que no le gusta ser nombrado, y cuando se le nombra hace lo posible por conservar el decoro, se hace valer del idiotismo residual que todavía opera dentro de la cultura de la jai (entendiéndola como algo más extendido y vasto), mientras deja que en el centro de la distracción llegue a aparecer la especie de que se trata de un acto de guerra sucia y política.

En términos estrictamente de poder, si ese fuera el interés de un grupo equis, no pondría a sus familiares en el centro de la operación, por lo que cancela de inmediato semejante tesis, que sólo pueden emplear los mismos que sí encuentran válida la manipulación de la infancia cuando se trata de un rumor lejano pero aterrador, como se hizo hace un año en una reconocida operación psicológica fabricando un secuestro en serie de niños, que fue desmontado, y que al día de hoy tiene culpables y responsables. Otra voz canta cuando el atentado es real y ocurre en el medio de la casa.

Todo reflejo oligárquico dicta: de esto no se habla; el tiempo lo tapiará

Y más allá de los aspectos con los que se defiende quienes entienden el mundo desde la necropolítica, existe, al menos públicamente, una respuesta débil tanto de la administración del colegio como del resto de la llamada “comunidad educativa”. Y es que la desnudez exije mantos cuando la clase siente su esencia, cuando se le amenaza en el núcleo de su rutina existencial. Como todo reflejo oligárquico: de esto no se habla; el tiempo lo tapiará.

Si se le aplica más distancia a los actores de la trama actual, y se les da una lectura estructural, de clase, encontramos dos datos que comienzan a incomodar aún más a la hora que puede tener “la sociedad civil” para pensarse y representarse a sí misma. Porque Marín Torrealba, el profesor al que se le demostraron los delitos de pederastia, como dijeron muchos al salir en su defensa, tenía 22 años “prestando sus servicios al plantel”.

Y luego, yendo más allá, resulta que este no es el primer caso en la última década con las mismas caractarísticas, puesto que Geovani Oliver Dacosta fue detenido por la disuelta Policía Metropolitana en 2009, bajo tres acusaciones similares, en este caso en el colegio El Peñón.

Más acá en el tiempo, en marzo 2014, se reveló que el exprofesor del Colegio Campo Alegre, William James Vahey, llevaba tras de sí una trama de abusos sexuales contra menores ya a un nivel internacional. A Vahey, que se le revelaron los crímenes a partir de una denuncia en Nicaragua, se suicidó el 21 de marzo de 2014.

Formó parte de la plantilla profesoral del Campo Alegre (en Las Mercedes, Caracas) de 2002 a 2009, y el caso, investigado por el FBI (con quien la directiva colaboraba en secreto), lo que se mantuvo oculto a padres y representantes por la directiva, hasta explotar el escándalo.

Según el rotativo británico The Guardian, se le investigan 90 casos de pederastia y abuso sexual. Tanto Havey como su esposa eran miembros de prestigio de la comunidad educativa.

Y otra vez el mismo silencio marca el mismo camino hacia la pregunta: ¿cuánto se reproduce una situación similar en todo el corretaje institucional privado?

Sé de víctimas del pasado que se enfrentaron solas a agresiones o a intentos de agresiones como esta en otros colegios de la misma escenografía social, con escasa o limitada suerte dada la mecánica de la complicidad del sistema del sector privatizado de la actividad social, que en momentos como este todavía permanece instalada en tantas partes, más cuando apunta directamente a su órbita íntima y cerrada.

La “vida privada” es un dogma sagrado, se tiene como premisa. De ahí la reacción. Pero es válida invadirla si el propósito es volvérsela mierda a un enemigo. Una ética administrable, según el gasto que presente la inversión, tal como apunta la (ciertamente limitada) reacción mediática en el caso. Los medios de peso prefieren callar y punto.

Nuevamente el ejercicio del morbo se emplea ya no como factor ofensivo, sino como elemento sucio que se emplea a la defensiva mientras se trata de acallar otro crimen cuya valoración estrictamente de actualidad o coyuntura política es neutra, alejada, ajena.

Las clases pudientes venezolanas producen de forma sedimentaria su propia cultura del miedo

Nuevamente se aluden a mentiras colaterales para empuercar un caso, y ese silencio que se hace extensivo al pasado y a otro lote de memorias que también podrían haber sido víctimas de las mismas prácticas que se arropan amén de escándalos como estos, certifican el declive sostenido de una clase que decidió ampararse en una mayamización de su propia representación cultural, despachando toda herramienta que la disuada en la propia pulsión suicida que se nutre de silencios como estos.

Yo estudié hasta los 15 años en el Friedman. Para darle medida moral a mi generación, vi clases en el mismo aula que Salvador Lairet. Nunca supe de semejantes experiencias, aunque siempre saldrían (discretamente) al aire fraudes académicos y otras acciones similares en pequeña escala, pero por más que sea el mejor truco del diablo sigue siendo el no dejarse ver.

Las clases pudientes venezolanas producen de forma sedimentaria su propia cultura del miedo, ese es su verdadero sello Norven. El pacto convivencial que la dinamiza es el miedo, el terror. Es una clase culturalmente lesionada mucho antes de la Constitución del 99.

En la actualidad, producto del alza descomunal de los colegios privados, empleados de la banca asisten como otros representantes más a las reuniones para ofrecer préstamos que permitan costear el cuatriplicado precio de la matrícula para el año escolar que viene. Capitalismo del desastre familiar. Y otro signo expresivo: el canibalismo económico regula ahí donde se aceptan las condiciones sin chistar, “mira que el estatuto impera y las rayas no se quitan ni con tíner, osea”.

Así como cree que no tiene límites ni noción ética en materia económica, actúa en materia social y moral para defender o justificar crímenes de otro cuño. Para ser programados guarimberamente, para ser público pasivo y cautivo de los operadores del suicidio nacional, y a ignorar voluntariamente la causa de sus rigores, al punto de justificar los márgenes criminales en los que operan un Mendoza o un Ravell. Raspar la olla permanentemente tiene costos civilizatorios. Pero no cuando se autoestrellan la torta en la cara.

Como aquí no se está pidiendo que “todo salga a la luz” ni mucho menos, que eso será decisión, en todos y cualquiera de sus casos, de las víctimas involucradas como su derecho exclusivo.

Queda sí en evidencia, una vez más, que detrás de ese “documento de civilización” con el que la derecha política se vende como modelo exitoso de cambio y transparencia, el contraste estridente que representa, en su contraparte, es este “documento de barbarie”. Como para no olvidar que de ahí proviene la “alternativa democrática”.

Ese sustrato de lo sin límites, del “porque me da la gana” que deriva en estas depravaciones con silencio y solidaridad automática, también es el sustrato que justifica moralmente al paraestado.

Las reacciones precipitadas ante el asco del crimen son su mejor autorretrato. Y la MUD una simple proyección politiquera. Y ambos son la misma abominación cultural.

MISIÓN VERDAD

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