No es por azar que nacemos en un sitio y no en otro, sino para dar testimonio.

Eliseo Diego

Un círculo de gente alrededor de una fogata, con el calor de la llama frotando las manos de algunos, otros con la lumbre fija en el reflejo de los ojos, mientras los cuenteros de sabanas, litorales, sertones, montañas relatan los orígenes, épicas y tragedias de la tribu congregada, es una imagen que recorre la historia de la humanidad. Las historias que forjan identidades colectivas son las que se repiten de generación en generación, de boca en boca. El radio bemba, en este caso, tiene un componente mítico que remite al “yo estuve ahí”, al testimonio como dato duro que produce memoria telúrica, consistencia histórica.

Las personas somos kilos de piel y hueso, pero también somos relatos andantes, pasados, presentes y futuros. Igualmente pasa con las sociedades: todas traen consigo las cargas narrativas propias de sus formaciones, portadoras del relato de los orígenes (el verdadero sentido del mito) y sus posteriores desarrollos.

Propio de la maquila burguesa es el ensañamiento contra las historias que la niegan. La tendencia globalista de la burguesía ha traído consigo ruinas y falacias fértiles para su propósito: la aniquilación cultural de todo lo que no huela a capital. El poder de la mercancía y el espectáculo tratan de arropar todo lo que aparece fuera del área de influencia del fascismo.

Las falacias fundamentan la “realidad”

Los constantes progresos de los sistemas de información y comunicación han servido a la represión fascista, la han vuelto más efectiva. La penetración ideológica ha llegado hasta las salas del hogar bajo la intimidad prostituida de la televisión, de la que Marcel Granier ha escrito que el hombre no la siente “como un adversario de afuera sino como un aliada de su propia intimidad”. Rockefeller tuvo, incluso, su noticiero estelar en RCTV a mediados de la década de 1950 con el “Observador Creole”, formato que se acompañaba en el exterior de propaganda para atraer clientes y próximos funcionarios. Era, entonces, el nacimiento de un campo minero con relato propio llamado Venezuela.

Con la vivienda, la alimentación y la vestimenta a la americana, manifestaciones de la cultura del petróleo, vino una propaganda del nuevo estilo de vida impuesto, para crear en la población venezolana hábitos que ayudaran al libre desenvolvimiento de los mercados. En Venezuela, dice el poeta y ex guerrillero Álvaro Carrera, más que proletarios somos petrolarios.

Falacias fértiles rehicieron la realidad venezolana según la cultura petrolera

La propaganda tiene eso: marca la imaginación de la gente, convierte la aprobación de lo que sea en espectáculo y moda, hace que la población “participe” pasivamente en las historias imaginarias que la Creole Petroleum Corporation, por seguir con el dato, cuenta. Con la modernización de la propaganda, hija de la industria militar, la difusión de creencias que nadie puede criticar y a las que nadie puede dar marcha atrás se convierte en catecismo secular. No trata de convencer sino de modificar las referencias, incluso culturales, del común. El retrato de una nación se basaba, desde las profundidades de Venezuela, en una ficción impuesta como realidad: una falacia fértil que rehizo la realidad según el modelo ideológico de las petroleras.

La estabilidad económica, el bienestar europeizado: tótems de la clase media. La hipermercatilización de las relaciones, con las redes sociales como principal herramienta, mantiene el circo de los afectos y las necesidades al punto de la neurotización. Si la estabilidad y el bienestar no llegan como la propaganda dicta, el caos se hace inminente. El antropólogo Rodolfo Quintero había apuntado que al venezolano se le impuso la cultura del petróleo y se subordinaron las “necesidades de nuestros grupos humanos” a la idea del confort, “inseparable del ejercicio y la defensa de la ‘libertad’ humana”. El interés por la comodidad es una ficción enseñada, para crear “nuevos estados emocionales, mecanizándolos”.

Las historias se venden y diseminan bajos todos los canales mediáticos homologados del globofascismo. En un mundo con la libertad condicionada, quien tiene poder decide cuál relato se mantiene en la primera página de la vida y de la pantalla.

De nada sirve escribir como Norman Mailer si te paga Rupert Murdoch.

Las narrativas asesinas

Guy Debord lo decía: “El espectáculo asume como su función hacer olvidar lo histórico que hay en la cultura”. La burguesía ha tenido relativo éxito con tratar de reducir el mundo, incluso lo no avistado del universo, a sí misma, y por ende la perspectiva holística de la realidad se ve fragmentada por la banalización y la guerra cotidiana. El sueño de Descartes se transmuta en el sueño de Goebbels.

Precisamente las retóricas que confrontan los hechos culturales que resisten los modelos para armar del fascismo son preparadas por think-tanks, que tienen como objetivo principal el desarrollo intelectual de políticas y proyecciones, piezas narrativas para las pretensiones de sus financistas.

Parece curioso, pero es la realidad: las narrativas no llenan estómagos vacíos pero son capaces de iniciar y hasta de terminar guerras. El triunvirato think-tanks + ONGs + mediocracia ha cubierto ante el público idiotizado la invasión, mercenaria y por ello catastrófica e imperial, de Siria: las narrativas también matan pueblos. El pensamiento, una mercancía al servicio de la lógica del poder.

Lo que conocemos como Al-Qaeda es real, así como el Talibán y el Estado Islámico, y han servido como narrativas convenientes para permitir el establecimiento de una vanguardia militar aliada de las corporaciones en Oriente Medio, y el ascenso en medio del patio del gran complejo militar: la última expresión del fascismo global.

De igual forma funciona el relato de la “crisis humanitaria” en Venezuela, que contiene en sí los Picures, desabastecimientos y Dólar Tudéis del territorio. Hemos pasado de los saqueos de 1989 a los #saqueos de 2016. Hasta la fecha, la violencia es imprescindible y dirigida en focos donde Voluntad Popular y otros amigos de la ultra criolla desean canalizar las frustraciones colectivas. Sin confrontación directa en la calle no hay golpe por haber. Lo que ocurre en ella, sin embargo, no se corresponde con lo que relatan cotidianamente los medios “independientes”, que siguen el manual corporativo. Nada de la realidad se manifiesta con el sensacionalismo y el espectáculo que propinan los corresponsales de agencias –vulgares publicistas de la intervención-, Nacho y Maite Delgado. Luces, cámaras, acción: la 2.0 se ha convertido en una casa de cambio de la realidad. La especulación sin fin, financiera y narrativamente hablando, es el último leit motiv de Dólar Today.

No somos el mismo pueblo de la década pasada

La elección política del chavismo

La extorsión narrativa ha puesto a cierto chavismo infantil a argumentar como Capriles sin cobrar ni un centavo de dólar. Imponer una agenda significa manipular ciertos códigos para que la gente termine por apropiarse de la manera en que se refieren esos mismos códigos. El semiólogo político George Lakoff lo resume de una manera sencilla: si nos dicen que no pensemos en un elefante, ¿en qué pensamos?

Las actuales guerras híbridas se sustentan con una narrativa, cuyo escenario tiene los aspectos de una Guerra Fría 2.0. Si entendemos que el asedio asimétrico comienza por el bombardeo mediático y termina por el mercado (la mano visible de las corporaciones), el camino es vasto como la llanura apureña para definir la estratagema propia. Un burguesito tecnócrata, aunque peligroso, como Ricardo Hausmann entiende precisamente lo que trata la narrativa política: sin un plan definido, la errancia seguirá siendo política. En este punto los bandos confrontados debemos elegir de dónde agarrarse.

El chavismo debe, sin miedo, tomar para sí la verdad, que es social y se antepone al relato del fascismo. Y con ella la elección de hacer política, una propia con los códigos auténticos concebibles aún por crear. Debe ser un acto responsable, como dice Vielma. Ello quiere decir que si la canalla repite como loro en perico que “Chávez renunció en 2002” debemos responder con las certezas que provee 2016. No somos el mismo pueblo de la década pasada aunque nos lleguen aquellas olas a las orillas del presente.

La invocación del círculo cuyo centro es el fuego de las historias debe colocarse como parámetro para la resistencia, y a su vez debe fungir como ancla para la planificación de aquello que llamamos socialismo venezolano. Dar testimonio, aun en tiempos difícil, es una parte de echar el resto; desaprovechar la fuerza congregada durante los últimos años que tenemos definiendo terremotos políticos sería dejar al azar lo que nos congrega. Hay que saber actuar en consecuencia.

Porque no es como espectadores que descifraremos el enigma de la realidad, sino como actores.

 
MISIÓN VERDAD
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