“El 18 de octubre de 1938 -escribe Alberto Aranguibel-, con un inesperado acontecimiento comunicacional que aterraría hasta el paroxismo a los estadounidenses, se trastocaba, sin que nadie lo percibiera así, el concepto de democracia que hasta entonces conocía la humanidad. A partir de la transmisión radial de la novela de H.G. Welles, La guerra de los mundos, en la que se narraba desde la emisora CBS en Nueva York la llegada de los marcianos a la Tierra, los norteamericanos ponían en evidencia, con su histeria colectiva, el inmenso poder de los medios de comunicación para modificar la realidad a su antojo, y ponerla al servicio de los poderosos sectores capitalistas en su afán de dominación imperial”. ¡Hubo hasta quienes se suicidaron creyendo que “los marcianos llegaron ya”, y de Marte, no de Júpiter, como asegurara Julio Borges en un programa de TV, que resultó muy divertido!

Ese descubrimiento del “poder de los medios” para ponerlos “al servicio de poderosos sectores capitalistas” les serviría desde entonces para preparar -y después “justificar”- golpes de Estado, invasiones, genocidios realmente espeluznantes, destrucción de países, luego de convencer a sus paranoicos ciudadanos, con su diabólico poder mediático, ¡que hasta naciones como Granada -islita caribeña oriental de 340 km2 y 120 mil habitantes- representaban “una amenaza para la seguridad nacional de EEUU!”, según el “actorzuelo mediocre”, como calificó Jane Fonda a Ronald Reagan.

Aunque en realidad su verdadera finalidad siempre fue procurarse jugosos negocios, no sólo para beneficio de su siniestro aparato militar-industrial y sus funestas empresas petroleras que están causando una acelerada destrucción del planeta con un sistema de explotación que produce una fractura hidráulica, llamado fracking, que destruye la corteza terrestre, sino también para sus pervertidos laboratorios farmacéuticos.

¿Recuerdan aquella famosa “gripe aviar”, y la pócima “milagrosa” que patentaron para combatirla llamada Tamiflú, ampliamente publicitada por sus obsecuentes medios? Miles de millones de dólares se robaron los laboratorios Roche, y algunos altos cargos del “primer terrorista del mundo” -según Noam Chomsky- George W. Bush. “Bastó que Estados Unidos tocara la campana de alarma -escribe José Antonio Campoy-, para que el mundo temblara de miedo ante la perspectiva de una pandemia. Sólo había que empezar a encontrar aves contagiadas con el virus en distintos países -un ave aquí, otro par más allá- para crear el terror con la ayuda de científicos y políticos poco escrupulosos o de escasa capacidad intelectual, y de las “grandes” empresas de comunicación que, como todo el mundo sabe, no se caracterizan precisamente por investigar lo que publican.

Los sistemas de salud esconden que los fármacos son la tercera causa de muerte en el mundo

 

El Tamiflú era, hasta 1996, propiedad de Gilead Sciences Inc., empresa que ese año vendió la patente a los laboratorios Roche. ¿Y saben quién era entonces su Presidente? Pues nada menos que Donald Rumsfeld, secretario de Defensa de Bush. ¿Conocen en realidad qué es el Tamiflú? Simplemente ¡anís estrellado! Este “fármaco” no cura ni la gripe común. El virus no afecta al hombre en condiciones normales, pero solamente la Unión Europea adquirió ¡150 millones de dosis que, una vez comprobado el fraude, fueron a parar al mar, por lo que probablemente los europeos comieron, durante algún tiempo, pescado anisado! Más tarde, luego de que las ventas de Tamiflú pasaron de 254 millones de dólares en 2004 a más de mil millones en 2005, “se descubriría” que la “gripe aviar” ¡sólo afecta a las aves!

En septiembre pasado el doctor Peter Gotzsche, profesor de medicina y farmacología de la Universidad de Copenhague, en la presentación de su libro Medicamentos que matan y crimen organizado afirmaba rotundamente que “las multinacionales farmacéuticas corrompen los sistemas de salud y esconden que los fármacos ¡son la tercera causa de muerte en el mundo, tras las enfermedades cardiovasculares y el cáncer!”. Asegura el autor que “los laboratorios han instaurado protocolos basados en estrategias de mercado de fármacos, más que en investigaciones reales”, poniendo como ejemplo la inutilidad del despistaje usual de cáncer de mama en mujeres mayores de 40 años (que por razones de edad presentan sintomatologías similares al cáncer, sin serlo), con la sola intención de hacer creer ulteriormente que han sido curadas mediante quimio o radiación, a las que por lo general se las somete, aun estando sanas.

Gotzsche, quien es también director y profesor del Nordic Cochrane Center, ha comparado a las farmacéuticas con el crimen organizado porque, en su opinión, entre capitalismo y salud no hay parentesco alguno. “No trabajan para mejorar la salud, sino para obtener los máximos beneficios”, y para ello “extorsionan, cometen fraude, violan la legislación y mienten”. Pero hay algo más tenebroso aún, de ser esto posible: ¿sabía usted que los habitantes de los Estados Unidos representan, apenas, el 5% de la población mundial, pero consume el ¡50% de todos los fármacos que producen todas sus lucrativas, aunque muy inmorales empresas farmacéuticas!? En otras palabras, esta gente es tan miserable y criminal que no solamente comenten genocidios en todas partes del mundo, con mayor saña en los más pobres, sino que ni siquiera se apiadan de sus propios compatriotas, a quienes igualmente desprecian, por lo visto, pues la mayoría de esas “empresas” son estadounidenses.

Es exactamente el proceso de regresión de la medicina que advierte el Premio Nobel de Fisiología y Medicina, Richard J. Roberts, en entrevista concedida al diario español La Vanguardia. Allí Roberts nos advierte “sobre cómo los fármacos que curan no son rentables, y por eso no son desarrollados por las farmacéuticas que, en cambio, sí desarrollan medicamentos que sean consumidos de forma serializada”. De acuerdo con el científico, “son los laboratorios los que han frenado intencionalmente la cura contra el cáncer”; y añade que “la medicina de hoy en día es un instrumento, no para eliminar las enfermedades, sino para hacerlas perdurables, con lo cual la industria farmacéutica asegurará igualmente su sostenibilidad y expansión, así como las cada vez más costosas instalaciones ‘hoteleras’ para enfermos en que se han convertido las clínicas, haciendo que la gente experimente una creciente farmacodependencia, nunca antes vista en la historia”.

MISIÓN VERDAD

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