“Yo nací en la casa de mi abuela Rosa Inés Chávez, era una casa de palma, piso de tierra, pared de tierra, de alerones, de muchos pájaros que andaban volando por todas partes, unas palomas blancas. Era un patio de muchos árboles; de ciruelos, mandarina, mangos, naranjos, aguacates, toronjas, semerucos, de rosales, maizales. De ahí salía con mi carretilla llena de lechozas y de naranjas a venderlas en la barquillería… Bueno, de ahí vengo. Cuando yo muera quiero que me lleven allá, a ese pueblo que es Sabaneta de Barinas” (Los cuentos del Arañero, 2012). Su infancia se desarrolló como muchacho pueblero, entre el río y el caserío, entre la escuela y los patios de bolas, las fiestas tradicionales del pueblo y la iglesia, el enamoramiento infantil de las maestras forasteras y de las compañeras de la escuela. Todo lo relató en sus discursos, recogidos en Los cuentos del Arañero, era su oficio vender en la calle y en la escuela conservas de lechoza diseñadas en forma de araña.

Fue monaguillo de la iglesia, jugador de pelota de patio y de calle, deportista. Contigua estaba la cultura llanera, la de los hombres y mujeres a caballo, de las sabanas, la de la resistencia, la de la insurrección, la del bisabuelo Pedro Pérez Delgado, “Maisanta”, el último guerrillero que desafió la tiranía del sátrapa Juan Vicente Gómez a principios del siglo XX, martirizado en las cárceles de la tiranía. Chávez decidió convertirse en vocero de esa pobreza rural llanera, nunca la ocultó a pesar de las burlas de la oligarquía. Habló siempre de sus historias infantiles hasta la saciedad, sus gustos culinarios, las historias de vida de cada uno de sus hermanos, de sus tíos, de sus amigos, sin ningún remilgo.

Buscaba llegar a lo más profundo del ser venezolano, que la cultura burguesa ha distorsionado con valores extranjeros; trataba de sedimentar los procesos identitarios, primero con todos sus contemporáneos de la pobreza rural llanera para enrolarnos en su ejército revolucionario. Todos venimos de un rancho de palma, con sus ruidos, el olor matutino del café y las arepas.

Muchos nos refugiamos en la iglesia: era la única manera de acceder a unas monedas por un toque de campana en un bautizo o unas campanadas entrecortadas para un difunto importante; también era la única manera del encuentro con las muchachas en la misas domingueras o misas de aguinaldos en las madrugadas en diciembre.

Desde la tradición llanera, Chávez elaboró su arsenal simbólico para enfrentar a la oligarquía

Recuerdo la anécdota de un miliciano que me confesó que era un adeco empedernido antes de oír a Chávez: “Yo lo conocía del ejército, pagué servicio cuando él era Capitán, tenía fama de estricto. Entré una vez a la barbería donde se estaba cortando el pelo y no lo saludé, no le vi la jerarquía y me jartó la perra. Después cuando se hizo presidente lo reconocí, comencé a ponerle cuidado al discurso de sus vivencias de pueblero y sentí que ése era yo, que su vida era como la mía, que yo había vivido como él, por eso me hice chavista y retorné a ser un hombre también de armas, un soldado como él”.

Recogió a sus amigos, nucleó a sus compañeros de armas del llano y de otros espacios de la pobreza venezolana que decidieron no venderle su alma a la oligarquía, de estar prestos a la rebelión, a la subversión contra el poder de los opresores. Chávez reivindicó la tradición levantisca de los llaneros y las llaneras héroes de la historia, que conoció en los llanos del alto Apure, miméticos, levantiscos, escurridizos, conspiradores; con ellos se afiló más. Los llaneros y llaneras dueños y dueñas de sus libertades y de sus historias, esos llaneros y esas llaneras siguen siendo leales a su legado político, llaneros y llaneras de Cojedes, Apure, Guárico, Portuguesa y Barinas. Desde la tradición llanera, Chávez elaboró su arsenal simbólico para enfrentar a la oligarquía. Florentino y el Diablo, la lucha permanente entre el bien y el mal, Florentino la vida, el socialismo, el humanitarismo; el Diablo la oligarquía, el capitalismo, los yanquis, el imperialismo, los latifundistas.

Reivindicó los espantos de las sabanas: el Silbón, un espanto que carga en un saco los huesos de su propio padre que lo mató para comerle la asadura es un relato moralista para frenar los enfrentamientos entre padres e hijos, le ha salido dos veces a quien escribe esto, una vez en una calle en Las Vegas, estado Cojedes, y otra vez en la avenida Pie de Monte en Alto Barinas. Para que lo dejara quieto tuvo que ir a desafiarlo en el propio Guanarito, estado Portuguesa, donde este espanto hizo su primera aparición.

La Sayona, que le sale a los hombres infieles y borrachos, le salió al Carrao de Palmarito y lo salvaron los gallos; también le salió a César Bernal en Casanare y lo tenía liquidado, lo salvó Miniño en el último resuello.

La Bola de Fuego que asusta a los llaneros y llaneras en su encandilamiento nocturno.

Las Ánimas que nos protegen diariamente de los males que nos acechan. Ánima de Mata Silva, que protege a quien transita entre Mantecal y San Fernando, Ánima del Negro Charles que protege a quien transita entre Barinas y Santa Bárbara de Barinas y todas las ánimas benditas, ánimas de nuestros familiares que las alumbramos todos los lunes para que no nos abandonen. A toda esta artillería cultural estaba asociada la música llanera, el joropo, el pasaje, la declamación, el contrapunteo, que acompañó todos los momentos de su vida hasta el final; Chávez era cantador, declamador, teatrero, pintor, patriota; se despidió cantándole a la patria.

El día que estrenamos la película sobre El Carrao en homenaje al cantador llanero Juan de los Santos Contreras dijo: “Estos cantadores y cantadoras son nuestro patrimonio, crecimos oyendo los pasajes, los joropos del Cubiro, Eneas Perdomo, Francisco Montoya, Nelson Morales, Cristóbal Jiménez, Reyna Lucero, Adilia Castillo, ellos y ellas viven dentro de nosotros”. La Cultura Llanera está relacionada al espíritu de lo nacional, de las gestas heroicas en las luchas por la libertad de la patria, el canto a la vida, a la ecología, por eso desde allí aglutinó a sus seguidores y se defendió de sus agresores, desde su lugar cultural radicado en el llano venezolano, que fue su nostalgia, su pasión y su teluria vital y también la de nosotros. Todos somos Chávez.

MISIÓN VERDAD

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