A la muerte del dictador, el hijo embrutecido, feo, malo, sanguinario y árabe, bien árabe, se convierte en el sucesor de su padre y el segundo decide quedarse para influenciarlo y acompañarlo en la modernización del país bajo los valores del “primer mundo”. Como es obvio, rápidamente el embrutecido reprime brutalmente una revuelta contra su gobierno y el segundo decide conspirar en su contra con el respaldo del embajador de Estados Unidos.

La serie recuerda justamente algo de Turquía, porque el hijo embrutecido consigue cortar en seco la conspiración de su hermano, el segundo, y lo mete preso unos momentos antes de que comenzara una intentona golpista en su contra. El golpe del hermano, el segundo, nunca logra escenificarse y el embrutecido aumenta su poder bajo las mismas claves que hoy se le atribuyen al presidente Erdogan en Turquía, en lo que desde medios progresistas hasta medios corporativos de Wall Street califican, entre líneas, como un autogolpe para aumentar su poder.

Pero como la realidad supera a la propaganda, perdón a la ficción, el golpe turco toma ribetes narrativos de novela de espías cuando la versión alternativa, filtrada por Rusia e Irán, afirma que el hermano embrutecido de la realidad contemporánea, Erdogan, pudo anticiparse al movimiento debido a que la inteligencia rusa interceptó llamadas encriptadas entre los golpistas y se lo comunicó unos momentos antes del movimiento. Así que si continuamos con esta versión, Erdogan dejó venir el movimiento al que se adelantó, y que según él casi lo alcanza con una bomba en su casa de verano, y bajo también asesoría iraní pudo contrarrestarlo y utilizarlo para realizar una megapurga en todos los estamentos del Estado turco.

Si bien no está totalmente comprobada la actuación del cerebro del golpe, el clérigo Fetullah Gulen -alojado en Estados Unidos-, ni la actuación precisa de Washington, o alguna de sus facciones, lo concreto es que entre los detenidos está no sólo el comadante a cargo de las fronteras con Siria e Irak, que durante el golpe hizo “un esperar y ver”, sino el jefe de las Fuerzas de Contigencia de la OTAN y el de la base de Incirlik, donde la coalición de Estados Unidos aloja 50 armas nucleares y envía sus aviones a bombardear al Estado Islámico en Siria. Incirlik, precisamente, es de donde los medios turcos afirman que salieron aviones cisternas para abastecer los helicópteros y F16 que participaron en el golpe. Como vemos, Tyrant es, aún con versiones falibles, un breve suspiro de propaganda mal hecho ante el desarrollo del golpe en Turquía.

Entre el vuelco geopolítico y la purga

En cambio, una versión infalible es la que se mueve alrededor de los densos y espesos pasos de la geopolítica. Porque si Erdogan ahora es casi un nuevo Saddam Hussein, que por conveniencia nadie recuerda haber usado como gendarme regional de la OTAN, ni chofer de armas, mercenarios y fundamentalistas a Siria, lo es debido a que la UE y Estados Unidos amenazan con no darle la membresía europea y expulsarlo de la OTAN, en caso de no tratar a los golpistas bajo los “valores democráticos”. Una amenaza que es sucedida por la decisión de retirar a Turquía de Siria, justo cuando el curso del conflicto se define en la batalla de Aleppo en el que el apoyo turco es clave para los mal llamados “rebeldes moderados”. ¿Pero qué fue lo que cambió para que pasara esto?

Y una cosa central que ha cambiado es que Erdogan sabe que desde Incirlik, la base del golpe. salen aviones de la OTAN para bombardear al Estado Islámico en Siria y favorecer el avance de las Fuerzas Democráticas de Siria,  conformadas por soldados de las Fuerzas Especiales estadounidenses y los kurdos de las Unidades Kurdas de Protección Popular, ubicados en el noroeste de Siria. Y como lo sabe y no ha podido sacar su pedazo de la torta en Siria con una invasión terreste, o una zona de exclusión aérea, como proponía, conoce que la agenda de Estados Unidos ahora es posibilitar una partición de Siria con una nación kurda y favorecer una extensión, o una agitación mientras tanto, en Irak, Irán y obviamente Turquía.

Así que el golpe encierra también la complejidad de un giro que involucra el aparato militar turco en Siria y las zonas kurdas de Turquía, los fundamentalistas islámicos apoyados por clérigos, militares y políticos del partido de Erdogan, y los objetivos geopolíticos a largo plazo de la OTAN, que influye a gran parte de los militares turcos y posee una alianza tácita con los seguidores del supuesto conspirador Gulen. Demasiados intereses contrapuestos para simplificarlo en lo local, como si fuese una mera puja entre un Erdogan que pretende islamizar el país y unos militares laicos que se oponen a esto como resguardo del Estado moderno turco. Ya que no sólo se olía la sangre sino que los conspiradores la respiraban a plena luz del día.

Y esa sangre con también olor a dinero y poder pesado apesta aún más con tan sólo contextualizar el giro de Erdogan hacia Rusia. Porque para la inteligencia rusa, que supuestamente anticipó el golpe a los servicios turcos, la cabeza de Erdogan tiene el nombre del gaseoducto Turk Stream que Putin pretende firmar con Turquía para llevar gas a Europa, sin pasar por Ucrania, y terminar de facto con la estrategia estadounidense de torperdear la relación Bruselas-Moscú. Y a su vez, para la inteligencia estadounidense, Turquía es el paso de su gaseoducto a Europa, conocido como Nabucco, y una intercepción a boicotear en los caminos de China para unirse con Europa. Demasiado poder y paso de recursos, como botín, para perdérselo sin ni siquiera operar a favor de algún bando.

De políticos y consumos de la crisis sistémica

Como el hermano embrutecido de Tyrant, el Erdogan post-golpe no sólo debe ver fantasmas hasta detrás de las cortinas, sino que no libra a la imaginación ningún recurso de poder, como estado de emergencia, purgas y amenazas de muerte, para solidificar el aparato que lo sostiene. Así tiene en el miedo y el terror su principal activo de cohesión en un país tironeado por intereses contrapuestos (con una purga en más de un tercio del ejército turco por estar involucrado en el golpe), una realidad muy distinta a la idea mesiánica que tenía de ser un emperador en las sombras que influenciara parte de Europa y Medio Oriente con el apoyo de parte de Occidente.

Entonces ese espejo turco ante el que Occidente se horroriza no sólo es el de un autócrata, usado y tirado para generar cambios de gobierno en Egipto, Túnez y Siria, entre otros, sino el producto de la propia crisis sistémica del capital, que rompe en sólo ocho años, desde la crisis financiera de 2008, todos los pactos de poder construidos por décadas y encuentra en Medio Oriente un punto de inicio. Justamente, en esa arena movediza, donde todo es dinámico y nada termina de tener forma, es que Erdogan se ve atrapado y consumido por los propios demonios que catalizó hacia dentro y fuera de su país. La simpleza de las razones tienen poco que ver con algún arte estético del poder inteligente, y más que ver con las formas del hermano embrutecido de Tyrant. Nada tampoco huele tanto como un pobre creído rico pisoteado por sus amos.

Porque la gran brecha que se abre es la de la burguesía 1% deshaciendo pactos y utilizando sus aparatos militares para imponer un modelo de acumulación, basado en la fuerza, para sostener una alicaída tasa de ganancias, en tiempos de megadesarrollo y megarreventas de productos. Y la brutalidad, dura y seca, de los poderes locales que terminan en este torbellino entre el caos creativo de Occidente, pregonado por el estratega gringo Zbigniew Brzezinski, y la necesidad de China y Rusia de apagar estos incendios para que fluyan los recursos hacia sus aparatos de producción y los mercados nuevos de los que se están apoderando, a base de créditos blandos y conexiones de infraestructura, como las Nuevas Rutas de la Seda.

Porque, después de todo, el horror occidental ante Erdogan, de europeos y estadounidenses, aplanados por la narrativa globalizante, es tan sólo el espejo de cómo operan, hoy en día, los verdaderos dueños del planeta a plena luz del día, usando y descartando, y lo escasamente poco estético que resulta usar el poder duro y seco para sostenerse manquesea en la mesa. En un mundo de recursos agotados y plagado de disputas, los Erdogan, como los pactos de poder, se consumen al calor de la crisis sistémica tan sólo por la necesidad de supervivencia.

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