Pero en esa ocasión la actualidad mundial se impone como un macabro presentador de espectáculos, capaz de hacerle agria la función incluso a los herederos del Destino Manifiesto. No fueron suficientes la escuela telepolítica de Bill Clinton, la épica para obesos de George W. Bush, el ambientalismo embustero de Al Gore, ni la demagogia para redes sociales de Barack Obama. Las contradicciones del sistema, los desplazados por el oprobioso enriquecimiento de las castas financieras, la vacía manipulación del discurso de minorías, y las tendencias más regresivas del pensamiento supremacista han hecho acto de presencia en la política norteamericana, y de momento parecen no querer marcharse.

Frente a una ola de manifestaciones en su contra, y con amplios índices de rechazo a su figura, la candidata demócrata Hillary Clinton presentó un extraño viraje a la socialdemocracia estilo Roosevelt. Por su parte, el candidato republicano avanzó en su discurso segmentado apuntando a la mayoría blanca de ese país, una mayoría olvidada por los grandes lobbys de la era Obama, pero sin duda que carne de cañón de los intereses de la Sociedad Americana del Rifle y los sectores ultra de la derecha televisiva detrás de Fox News.

La vida a veces no imita al arte sino a las pésimas películas

El futuro del Imperio se dirime entre dos malas derechas. Dos pésimas e inoportunas propuestas políticas que complican aún más el ya turbio escenario mundial. Por un lado, Trump, una versión de los nacionalismos de derecha radical muy cercana al Frente Nacional (Francia), la Liga del Norte (Italia), o Ley y Justicia (Polonia), todas estas fuerzas regresivas que capitalizan el fracaso de la Europa globalizadora para cerrar fronteras, perseguir inmigrantes y sobre todo construir el Estado de la paranoia, el mundo del Estado policial. Por el otro, una neo-conservadora, pro-sionista y reconocida militarista que se enmascara tras un discurso de capitalismo solidario, en un intento de hacer control de daños en un Partido Demócrata dividido y, para diferenciarse de su adversario, en un ardid que tiene muy poco de política genuina y mucho de maniobra publicitaria.

Pero sea cual sea el resultado electoral, el nuevo presidente de los Estados Unidos de América enfrentará una potente resistencia interna. Y un no menos retorcido panorama global donde las versiones neoliberales del intercambio comercial, al militarismo atlantista, y el tutelaje político, tienen cada vez menos receptividad entre sus otrora entusiastas aliados.

En ese mismo sentido, la fractura de los demócratas –un stablishment corrupto que vició los resultados a favor de Hillary, una base juvenil ahora desmovilizada y en franco rechazo a lo que Clinton representa– aunada a la franca confrontación del discurso de Trump, que llega con eficacia a sectores de mayoría blanca empobrecidos por las sucesivas crisis financieras, no auguran nada bueno. Porque si han sido aterradoras las experiencias de contradicciones de clase planteadas en países de la periferia, con guerras que serán imposible sofocar en el mediano plazo, imaginar un conflicto de esta modalidad en el mismo seno del Imperio pone los pelos de punta.

Hollywood siempre da argumentos e imágenes demoledoras para pintar la realidad. La vida, como diría el poeta Francisco Ardiles, a veces no imita al arte sino a las pésimas películas. Viene a la memoria aquella versión del fin de un mundo civilizatorio que protagoniza una pletórica Sophia Loren. La caída del Imperio Romano, según recuerdo. El filme recrea cómo la ceguera y la embriaguez de una casta política no intuye cómo el Imperio será presa de los bárbaros en sus fronteras, y de su propia miseria en su interior. Termina la historia con los contendientes a Emperador decidiendo la suerte del mundo de entonces, en una pelea de espadas en mitad del circo romano. A veces la realidad se parece a esas malas películas. Sólo que, esta vez, no tendremos a Sophia Loren para consolarnos.

MISIÓN VERDAD

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