¿En qué punto estamos?

El país vive dos procesos altamente complicados en simultáneo que, a medida que pasa el tiempo, agudizan sus negativos efectos en la realidad: una aguda caída de 70% de sus ingresos petroleros -que componen el 98% del ingreso nacional- con respecto al barril a 100 dólares en años anteriores y un recrudecimiento del cerco financiero internacional orquestado por bancos y corporaciones ligados a Wall Street y a organismos multilaterales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.

Quizás no ha sido suficientemente explicado. Una caída tan abrupta del ingreso nacional significa un proceso de cambio significativo -casi rozando lo traumático- en las rutinas económicas básicas de la población venezolana, en cuánto rinde el salario, en el precio de los productos de alto consumo y en la disponibilidad de los mismos.

Concretamente hay menos recursos financieros para sostener la dinámica de consumo de tiempos recientes. La estructura económica venezolana, dependiente y deformada por el rentismo, se rige con parámetros rígidos y operativos que determina el centro de nuestra vida económica. Esa formación histórica repele panfletos e indignaciones. No se mueve por actos de magia.

Ella misma provee las grietas para que la guerra económica se instale como proceso y no netamente como episodio. La especulación, el bachaqueo y la fuga de capitales son los resortes de ese capital deforme para defender -y aumentar- su tasa de ganancia a partir de una circulación de mercancías históricamente deficitaria y que, cuando baja el petróleo, muestra su obra maestra ante nuestros ojos.

Observemos la situación a una escala menor y no por eso menos reveladora. Si una cabeza de familia le arrebatan el 70% del salario los efectos se traducirían en una menor capacidad de maniobra a la hora de comprar y rendir el dinero para sortear el día a día. Y esos problemas seguramente se agudizarían si todo el mundo en el trabajo dice que él es mala paga y que lo más pertinente es evitar prestarle dinero aunque siempre pague.

Se junta el hambre con las ganas de comer hasta que el hombre o mujer cabeza de familia se vea obligado a empeñar o vender algún bien para estabilizar y restituir parcialmente su capacidad de compra.

Hoy lo que estamos atestiguando en la realidad económica es sólo esa versión pero a escala nacional. Nuestro salario como mina ha sido desvalijado por intereses geopolíticos bien definidos contra bloques emergentes de poder encabezados por Rusia y China, donde Venezuela no deja de figurar en el centro de la diana como actor político permanentemente movilizado.

Y es quizás por lo violento y extendido en el tiempo de ese cambio que muchas veces no se analizan sus verdaderas y graves implicaciones en la realidad. Venezuela tiene un enorme déficit de recursos líquidos que impactan gravemente en los inventarios de producción, la disponibilidad de productos básicos para el consumo y, por ende, en las presiones al alza de los precios en el comercio en general. La guerra económica se profundiza porque precisamente el país no tiene el mismo volumen de divisas que en años anteriores.

En este sentido, el desabastecimiento de bienes sensibles de alto consumo nacional está determinado por cuántos recursos tenga el Estado para realizar importaciones y que efectivamente salgan del corretaje mafioso de la distribución privada. La poca disponibilidad de estos productos es también explicativa de las variables externas de la guerra contra Venezuela -el bloqueo financiero- y de las internas: bachaqueo, acaparamiento y desvío de alimentos para inflar ganancias de esos productos que ya son poco abundantes por la escasez de recursos líquidos que impiden la importación.

Lo importante de la coyuntura

Venezuela debe acometer grandes inversiones en distintas áreas estratégicas de la economía, tales como petróleo, infraestructura, agricultura e industria. Pero hoy el tiempo apremia y el contexto económico aprieta por donde tenemos mayores debilidades, buscando agudizar las variables internas y externas de la guerra contra Venezuela antes de que culmine el año y exista un repunte del precio del petróleo -mediante las gestiones venezolanas con países OPEP y no OPEP- que coincidan con nuevos ingresos por explotación del Arco Minero del Orinoco.

Ocupémonos, entonces, de los rubros que hoy definen el nudo central de la guerra económica y la percepción generalizada sobre el estado de la economía del país.

Los principales rubros de importación de Venezuela son cereales -arroz, trigo, maíz, etc., productos farmacéuticos, insumos químicos y medicamentos terminados-, plástico e insumos industriales, carnes, azúcar, productos lácteos y otras materias primas agrícolas como soya y aceite vegetal.

Centrémonos ahora específicamente en alimentos de alto consumo y medicinas en general. Existen seis rubros esenciales que se encuentran en situación de desabastecimiento, y por lo tanto bajo la égida de los recursos asimétricos de la guerra económica. Rubros como la harina de maíz precocida, arroz, pastas alimenticias, aceite, azúcar y medicamentos dependen de importaciones para cubrir la demanda en proporciones que van desde el 40% hasta el 60%.

Durante el año 2014 el precio promedio del petróleo venezolano fue de 88 dólares, lo cual ubica las importaciones de dicho año en un volumen lo suficientemente óptimo para estabilizar el mercado interno en lo que corresponde a estos rubros, teniendo en cuenta que el presidente Nicolás Maduro plantea como justo un precio de 70 dólares promedio para mantener sanas las finanzas de la República. La brecha entre ese punto de estabilización y lo que el país puede disponer hoy para acometer esas importaciones es dramática, y a medida que no aumenten los precios del petróleo se perpetuará dicha situación. He allí la urgencia del Arco Minero del Orinoco.

Momento excepcional

En las condiciones actuales de los precios del petróleo, el país no tiene los recursos necesarios para cubrir a cabalidad estas importaciones estratégicas. El Gobierno Bolivariano ha realizado importaciones selectivas para buscar palear los efectos de la caída de los precios del petróleo sobre estos productos y en el resto de la economía. No es un dato menor que el presidente Nicolás Maduro anunció que en próximos días firmaría contratos en el Arco Minero por el orden de los 20.000 millones de dólares.

En este sentido de urgencia, el Arco Minero del Orinoco permitirá abrir una nueva fuente de ingresos de dinero líquido para el país, ya que al ser certificados los minerales que allí se encuentran (no únicamente oro) se podrán monetizar y utilizar como soporte en las reservas internacionales para captar préstamos y créditos desde el extranjero, metodología financiera hoy utilizada por Rusia y China para generar nuevos esquemas de relaciones comerciales a gran escala como también para aumentar su base de ingreso e inversiones foráneas. Este dato geofinanciero no se debe perder de vista ya que existe una variable de tiempo global que une al Arco Minero del Orinoco con una nueva arquitectura económica y comercial capitaneada por bloques de poder emergente que hoy día disputan fuertemente la hegemonía de Washington.

La economía no es cuestión de magia. Y lo que hoy nos falta en maíz, azúcar, trigo, arroz y otras materias primas para recuperar niveles mínimos de abastecimiento ningún país o empresa extranjera no los va a regalar. El capitalismo se destaca precisamente por no funcionar bajo esos principios.

Un momento excepcional requiere medidas excepcionales. Y contrario a todo el relato global que traslada las responsabilidades de las crisis al chavismo, es ese actor y no otro el que afronta la cruda realidad en todo su contexto para desarmar el bloqueo financiero -y sus variables internas- sin perder preeminencia en la negociación para evitar que sus consecuencias se agudicen. Es ahí donde está el carácter estratégico del Arco Minero del Orinoco más allá de los ingresos a mediano plazo y la estabilización del mercado interno y del poder de compra del salario: evitar que se prolongue la asfixia financiera contra todos nosotros. Ya en este punto de la guerra global ninguna decisión es estéticamente bonita y demagógica. Son fuertes, duras y llegan hasta el hueso. Por entenderlo bien es que seguimos en el poder, mandando.

MISIÓN VERDAD

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