“¿Quién es esa Yulimar, y por qué no me está limpiando la poceta?” – Tuiteaba una venezolana decente y pensante minutos después de que nuestra atleta nos regalara una medalla olímpica de plata. Días antes, tuiteros de esta calaña, celebraban lo que para ellos eran dos grandes victorias: Rubén Limardo y Alejandra Benítez habían sido eliminados en esgrima. ¡Bien hecho, por chavistas de mierda, malditos todos!

Yoel Finol, con su medalla de bronce, tampoco se salvó del asco y el desprecio, porque “tú sabes, el Inca Valero y su tatuaje de Chávez y tal”. Stefany Hernández llevó menos, porque su deporte es más cool y además, ella vive en Suiza y aunque Yulimar también vive en España, a ella si le cae porque esa piel morena, ese pelo, “esa pinta de rancho” la condena a limpiar las pocetas ajenas y no a viajar por el mundo y ganar medallas. ¡No, señor!

Fue tanto y tan feo que, unos días antes de que el chaparrón de odio le cayera encima, viendo cómo le caía a sus compañeros de selección, Yulimar publicó un mensaje en su cuenta de Instagram: “Que impresionante es ver tantas críticas insultos malas palabras a los atletas que están representando a nuestro país en estos juegos olímpico señores no saben tanto trabajo que hay detrás de un atleta para poder llegar a estar entre los mejores del mundo la felicidad de nosotros los deportistas es ver que a pesar de la victorias y derrotas tu pueblo siempre te va querer y apoyar como si fueras el mejor del mundo”. Ya lo odiadores se vengarían de ella.

La cosa es regatearnos la gloria, convencernos de que no logramos nada, tal como expresaba desde Miami un inteligentísimo tuitero venezolano: “Yulimar, chavistas pajúos, vive en España y la patrocina Nike, así que esa victoria no es de Venezuela”.

A todas estas, Cristian Toro, un venezolano emigrado a España, obtuvo la medalla de oro en canotaje, convirtiéndose en el héroe de los mismos que insultaban a la selección olímpica venezolana. “Venezolano que se fue demasiado culpemaduro, o culpechavez, que es lo mismo, sí obtuvo apoyo de un gobierno democrático y civilizado y ganó una medalla de oro”. “Cristian Toro, nada que ver con esos monos que representan a Venezuela” -Comentaba en Facebook, sin acceso a un espejo, una muchacha de rulos planchados hasta el liso japonés, que cree que, por vivir en un apartamento de El Cafetal, ella no se parece a Yulimar.

Cristian era el ejemplo perfecto: un muchacho de esos que llaman “de buena familia” que logró, yéndose demasiado, “lo que en su país jamás habría permitido lograr”. Entonces se desborda la catarata de autonedigración y lamesuelismo de la gente decente y pensante que siente que Venezuela siempre les debe algo y, para cobrárselo, se revuelcan golosos en ese acomplejado discurso, siempre en tercera persona, que habla de la inevitable inferioridad de “el venezolano”, producto de una mala mezclas de razas de la cual ellos se salvan porque en su mezcla hay más de español que de negro y de indio, que son los verdaderamente defectuosos, o sea, tú sabes…

Para ellos, las victorias de Venezuela, no importa en qué escenario, son amargas derrotas que hacen tambalear su nefasto discurso, “y esa vaina no se le hace a uno que sí ha estudiado, chico, así que toma tu insulto”. Para todos ellos, la medalla de oro en las olimpíadas de las miserias.

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