El contexto reciente

Aunque esta reunión bilateral de Obama con Duterte en Laos pretende ser vendida como parte del legado conciliador de un presidente que deja atrás los antecedentes injerencistas e imperiales de Estados Unidos, el contexto y el ambiente de este encuentro desmienten este intento de márketing de realizar un control de daños alrededor de un gesto que muestran un gran signo de debilidad.

Y en este contexto es que el insulto de Duterte a Obama viene como consecuencia del cuestionamiento de Washington a la política de seguridad del filipino, basada en realizar una limpieza social para “reducir la criminalidad” como forma de condicionamiento a otras políticas de fondo emprendidas por Duterte, desde que asumió hace menos de un año como presidente.

Estas últimas tienen que ver con el realineamiento de Filipinas y la iniciativa de Duterte de conversar con Beijing sobre el diferendo marítimo que tienen sobre los límites fronterizos en el Mar del Sur de China, rico en recursos naturales y de vital importancia estratégica. Iniciativa que a Estados Unidos molesta sobremanera debido a que históricamente ha usado a Filipinas como su gendarme regional, y en este momento lo considera un país clave para usar en contra de China a partir del diferendo marítimo y la militarización de esta región que, en su estrategia, reviste importancia para contener a Beijing en una ruta por la que se traslada una parte del comercio hacia la región.

Por tal motivo es que Duterte ha tenido frecuentes cruces verbales sobre su política de seguridad con el embajador de Obama en Filipinas, Philip Goldberg, cuyos antecedentes más conocidos son haber posibilitado la partición de Yugoslavia como representante diplomático en Kosovo y haber intentado lo mismo en Bolivia en 2008 en el famoso intento de dividir este país a través de la Medialuna.

Las razones de la reunión

Tampoco fue cualquiera el momento en el que Duterte insultó abiertamente a Obama,  ya que se dio previo a la cumbre de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (Asean) en la que Estados Unidos fue como invitado con el preaviso del filipino de un posible insulto si continuaba sacando comunicados sobre su política de combate al crimen.

Pero justamente, ¿por qué el presidente de un país comparable a México, en nivel de subordinación y rastrerismo histórico, puede insultar a Obama y luego reunirse con él como si nada hubiese sucedido?

Y esa respuesta no está tanto en Filipinas, sino que en la cumbre de Asean, como en la cumbre de las potencias del G20, Obama fue testigo en primera fila de cómo China imponía su agenda económica global, con las Nuevas Rutas de la Seda, y continuaba con las negociaciones con los países del sudeste asiático acerca del diferendo marítimo sobre el Mar del Sur de China, en el que acaba de perder aliados claves como Tailandia y Filipinas, interesados en hacer equilibrio entre las dos potencias.

No fue Duterte el que necesitaba reunirse con Obama, sino que paradójicamente era Obama el que necesitaba reunirse con Duterte en un acto de humillación histórica para Estados Unidos que tiene una razón de fondo: ni en el G20 ni en la Asean el presidente saliente pudo cerrar la puesta en marcha del firmado Tratado Transpacífico, estratégico para imponer los intereses empresariales y comerciales estadounidenses sobre China en su entorno cercano, Asia, y conseguir así importantes acuerdos sobre el diferendo marítimo en el Mar del Sur de China favorable a sus designios.

La política, como sabemos, también es gestos, posturas e imposturas, donde lo importante no deja de verse en su magnitud hasta quedar totalmente expuesto.

Y lo que queda expuesto es que los planes de Estados Unidos para el libre comercio en Asia y Europa, con el repudiado Transatlántico, naufragan en el limbo del mandato de Obama, y de ahí es que vienen los intentos de aparentar fuerza en América Latina para proyectarse en otras regiones.

O acaso usted pudiese imaginar a Nixon, Roosevelt o Reagan dejándose torear de esa manera después de tener que bajar por la puerta de atrás de su avión en la última cumbre del G20:

No es Duterte, ni su insulto, sino cómo Obama termina su última gira mundial como presidente de los Estados Unidos de Norteamérica.

MISIÓN VERDAD
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