af8Emocionadísimos, metieron sus máscaras anti gases, sus capuchas y un puñado de miguelitos en sus mochilas, se enfundaron sus franelas con la palabra “Paz” estampada en el pecho y un mensaje para sus madres en la espalda: “Mamá, salí a luchar por Venezuela, si no regreso, me fui con ella”. Había llegado la hora, así se los anunciaron sus dirigentes. El gobierno caería y ellos iban a ayudar a tumbarlo. Tomarían Caracas.

Camino a la Toma, para matar el tiempo y la ansiedad que les producía estar sentados en un autobús cuando sus cuerpos pedía batalla, decidieron ir calentando el ambiente regando amenazas por las redes sociales. “Maldito chaburro ¿Dónde te vas a meter?” Llegaron al este de Caracas y lo tomaron. “¡Vamos a quemar esta vaina, que con marchitas de bailoterapia no se tumba al gobierno!”. Aquí no vamos a quemar nada porque de este lado vivimos nosotros –hubo que explicarle a unos alborotados con acento andino antes de mandarlos a sus casas a tocar cacerolas.

Aquel odio fermentado durante toda 17 años que explotar y explotó. El 1 de septiembre en la noche, en las redes sociales descargaron su arrechera. ¡Maldita MUD! Pedían sangre, guerra muerte; acusaban a su dirigencia de cobardes, colaboracionistas, traidores; juraban venganza, sangrienta y dolorosa venganza que describían con detalles macabros de un sadismo espeluznante, ahí en sus cuentas personales, justo debajo de sus fotos de muchachos y muchachas felices de no mucho más de 20 años.

La generación del selfie: chamos mostrando sus abdominales de chocolate frente al espejo del baño, pavitas posando con boca de pato en alguna heladería, en la playa, en algún lugar remoto y nevado; fotos que no hablan de carencias sino, por el contrario, muestran privilegios de miños que han sido mimados hasta el exceso. No, ahí no hay carencias… materiales.

Con dolor de mamá, porque “cuando se tienen dos hijos…”, pienso es esa generación de muchachos que, envenenados de odio, se marchitan antes de florecer. Los imagino -tantas veces lo he escrito- pequeñitos, de 4 y 5 años, sentaditos en el asiento de atrás del carro camino al colegio, tratando de despertar con la voz estridente de alguna de las estrella del periodismo opositor, en la radio que sintoniza su mami religiosamente, diciendo que se los van a llevar a Cuba para siempre, lejos de sus padres, la pesadilla más terrorífica para cualquier niño. Permeando sus almas la angustia de mamá, que también se creyó el cuento y cuando los deja en el cole, con su abrazo tembloroso, no deja sino la horrenda duda de si esa tarde volverán a verse. Chamos amamantados con miedo, miedo que, para que no doliera tanto, se convirtió en odio.

Aprendieron que maldecir al otro es socialmente aceptable, deseable, necesario si quieres no ser sospechoso. El odio se hizo “cool”. Aprendieron a desear la muerte, a celebrarla, siempre que el muerto fuera chavista. Aprendieron que la violencia no es mala, que te da puntos, bonos y vidas extra; creyeron que la vida real es un video juego. Así, algunos llegaron a poner guayas para degollar a gente que jamás conocieron, no importa, y otros se regocijaron con tan cobarde hazaña. A los más violentos los llamaron héroes y hasta salieron en el la tele. Un sueño torcido hecho realidad en medio de la pesadilla que creen que viven.

Lo que me preocupa y entristece es que no son la excepción estos muchachos, son la regla en la juventud opositora. Son parte del futuro de nuestro país, una parte convencida de que la otra no debe existir, de que su exterminio -siempre doloroso- sería un acto de justicia y libertad, de que no importa lo que cueste, seguid el ejemplo que Ucrania dio.

Me preocupa enormemente porque esa mañana del 1 de septiembre, un grupo de cuarentones, seguramente con hijos, comentaban contentísimos que había un gentío en Toma de Caracas y que, ay ay ay, chavistas, miren que así empezó Libia.

Me preocupa, porque parece que solo una pesadilla como la que desean les haría comprender cuán equivocados estaban. Entonces ya sería demasiado tarde.

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