Desde que la industria militar concibió la propaganda moderna, ciertos esquemas informativos se han estandarizado. Las películas “clásicas” de Hollywood han sido replicadas, para la mediática, en las formas de concebir una historia, sobre todo con los toques de melodrama y sensacionalismo que necesitan las narrativas concebidas por las transnacionales de la información.

Así como Marilyn Monroe aseguraba que en Hollywood pagan mil dólares por un beso y cincuenta centavos por tu alma, la mediocracia anglosajona vende cualquier foto o historia para inventar las guerras del momento y piden que les pagues por ello. Ciudadano Kane cuenta la historia de un magnate de la prensa norteamericana que construyó su opulenta soledad a partir de poner en intriga a la sociedad mediante la información y jugar con el sensacionalismo.

Durante la Guerra Fría, la industria estadounidense de la información y la cinematográfica made in Hollywood construyeron sus propios mitos y héroes que representaban los valores occidentales de la democracia global y servían para remachar las narrativas del ejército norteamericano y las de sus aliados. Así desarrollaron personajes como el Capitán América y Superman, y a villanos que funcionarían como alter-egos de sus mitos, tanto en la pantalla como en la sociedad misma.

Los malabares mediáticos y la pasiva recepción del consumidor de información han convencido a ciertos sectores de la población mundial de que Bane, el villano de la última película de Batman de Cristopher Nolan, es un símbolo de lo que podría suceder si los pobres tomaran la ciudad de Nueva York.

Basado en una matriz similar, ha ganado terreno en el marco de la campaña presidencial de los Estados Unidos la comparación entre Hugo Chávez y Donald Trump. Los demonios de la democracia, según la propaganda mainstream.

Bane y Lex Luthor en acción

El blog Moon of Alabama reseñó que la campaña de los grandes medios norteamericanos y europeos contra Donald Trump lo sitúa como el Lex Luthor por la presidencia de los EEUU. El alter-ego de Superman en este caso, cómo no, sería Hillary Clinton. Se trata de una campaña que pone al candidato republicano y a Hitler, Mao, Stalin, Kim Jong-un, al-Assad, Saddam Hussein, Lenin, Mussolini y Hugo Chávez en el mismo molde. El bloguero llama a esta campaña “villanificación”.

Ponga en el buscador de Google los nombres Chávez + Trump y logrará hacer una lista similar a esta con artículos, entrevistas y columnas de opinión que equiparan a los susodichos.

La línea narrativa que une esas notas periodísticas es lo que los anglosajones han definido por “populismo“, con excepción de las que refieren a la pugna mediática que solía tener Chávez y las que tiene actualmente Trump. Gillespie llega a ofrecer el guión para un spot publicitario, hablando de los Bane y Luthor en cuestión: “Discursos encendidos. Grandes promesas. Tácticas de intimidación. Personalidad que polariza”.

Trump en una entrevista en agosto soltó esta perla que hizo mucho ruido en todos los altavoces de la mediocracia global: “Nosotros también tenemos gente que, honestamente, también ha sido dejada de lado”, por lo que titularon la nota en términos de elogio por parte del candidato republicano a Hugo Chávez. Qué horror, Virgen Santa.

(El pasado viernes 16 de septiembre declaró que “Venezuela ha sido llevada a la ruina por los socialistas”. Dios mío, al fin llegó la sensatez para este señor.)

Los villanos del pasado siglo eran los pregonados por el macartismo, corriente que se erigió como política exterior de los EEUU. Los nuevos villanos, llámense musulmanes o chavistas, conformamos los miedos recientes de la decencia y la luz occidentales. Identificar a cualquier persona con los atributos de los nuevos villanos, que identifican a muchos millones de a pie, es disfrazarlo de villano y venderlo como un producto de engullimiento ideológico. A ese tienes que escupirlo, insultarlo y, si puedes, matarlo.

Esa lógica de “villanificación” se despliega sobre cualquiera que represente una alteración, un sismo o una inversión del “orden mundial” establecido luego de la Guerra Fría. Chávez, Putin o Gadafi, cada uno representa un muro de contención ante los intereses de esa oligarquía globalista que representa el 0,0001% de la población mundial.

Gino González lo ilustra con una canción: “Somos los bandidos de la película. Somos el pueblo armado con kryptonita”.

Dime quién te paga y te diré quién eres

El proceso que le hacen a estos dos personajes “villanificados” por la mass media pasa por la correa de la editorialización. Entre 2007 y 2009 The New York Times publicó ocho notas editoriales criminalizando a Chávez.

El mismo tono de judicialización editorial ahora se traslada a Donald Trump, entre otras cosas por una supuesta política exterior diferente a la pregonada por la pax americana.

El último artículo que publicó The New York Times con respecto a la disímil comparación es otro ejercicio de ficción de Alberto Barrera Tyszka, que se sigue ganando el sueldo a fuerza de hablar sobre Chávez (recientemente ganó un premio de novela importante en España con la enfermedad de Hugo como tema de fondo) y ahora Trump.

Hace gala de su experiencia en el mundo de la televisión cosmética, con el melodrama en el peor sentido de la palabra como lupa de disección para escribir sobre la vida y obra de Hugo Chávez. En la biografía que escribió con Cristina Marcano está el asunto de lo mediático como el foco a dirigir toda explicación ética que pudiera pensar o hacer Hugo Chávez hasta 2004, fecha en que publican el libro. Incluso un capítulo se titula “12. Un showman en Miraflores”. Por supuesto, Barrera tiene el requisito suficiente para publicar unas cuantas letras en The New York Times: es abiertamente antichavista.

El texto de Barrera, que en realidad debería darle crédito a Cristina Marcano y a todos los antecesores del tema, centra su tesis en una imagen que une a los dos supervillanos de los neoconservadores y de la restante élite estadounidense y europea: “Son los nuevos caudillos mediáticos”.

Ignora o se hace el paisa con que la prensa estadounidense está domada por el principio financiero y asimismo The New York Timespropiedad de la mayor gestora de inversiones del mundo BlackRock, que es un periódico que funge como otro portavoz extraoficial de Wall Street y las agencias de inteligencia y de seguridad de los EEUU. En Nueva York entienden, para el beneficio de los Maestros de la Moneda Falsa, lo dicho por William Randolph Hearst: “El poder de un periódico es la mayor fuerza dentro de cualquier civilización”, y por eso los acumulan como acciones en empresas.

Por eso no importa si el guión de Hollywood termina siendo libreta de telenovela mexicana. Mientras se imponga el excepcionalismo político-financiero y el belicismo refinado se use como ejercicio editorial en las salas de redacción y en sus respectivas corresponsalías, infomercenarios como Nicholas Casey, Alberto Barrera y mi querido ex colega Albinson Linares seguirán legitimando la libertad de empresa para que signifique, como un secreto social a voces, que el periodismo independiente no existe.

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