Ese aspecto exterior de las dos principales estructuras, aparentemente confrontadas en puntos irreconciliables y como mutuos contrapesos doctrinarios a la hora del juego político a través de todo el sistema, no se valen de discusiones programáticas antagónicas o de un orden necesariamente coherente y prestablecido.

En primer lugar, puertas adentro, cada uno de los partidos recoge un espectro ideológico amplio, y en todo el proceso de la contienda presidencial (las pre-candidaturas, la nominación de un candidato que se decida en las respectivas Convenciones Nacionales de los partidos) se confrontan candidatos y visiones, hasta que finalmente uno se haga con la nominación y de este modo su “tendencia”, pero aún más importante en el contexto actual, sus financistas.

Y, en el movimiento propiamente de las bases electorales -el fondo más movible, flexible y volátil-, se reflejan los distintos sistemas de valores, reflejos culturales, posiciones ante temas y tópicos de la sociedad. Tan amplio el cúmulo de tendencias como vasto el territorio y la población que se identifica con una de las dos grandes opciones.

Dentro del Partido Republicano se pueden detectar grupos y agendas a partir de figuras y dirigentes: por ejemplo un Marco Rubio, aspirante a heredero del lobby cubano del sur de la Florida y amiguito incondicional de las corporaciones, pero también, por ejemplo, las posiciones tradicionalistas-conservadoras de un Ron Paul, crítico del despotismo del actual sistema y de las intervenciones armadas.

Desde narcotraficantes como el ex candidato presidencial Mitt Romney hasta senadores furibundos en contra de la agenda belicista como el senador por el estado de Virgina, Richard Black. Un abanico que abarca desde las posiciones más reaccionarias del fundamentalismo cristiano hasta disidencias públicas y notorias al juego del poder.

De igual manera, y ateniéndonos a las líneas generales, históricamente (hasta cierto punto) se identifica al Partido Demócrata dentro del territorio que iría desde posiciones de la izquierda progresista hasta postulados más liberales, que se podrían entender como “a la derecha” del partido.

Pero esa realidad tangible, que habla de una diversidad muy de sí misma dentro del panorama político norteamericano, es un asunto de las bases y en su ascenso a la interpretación del poder se traduce en las estrategias de cabildeo sectorial por la búsqueda de cada uno de estos votos: esos que tanto hablan de la demografía, a la que se le aplica una estrategia de mercadeo particular, diferenciada y sectorializada.

Pero en este punto se marca la evidencia de la división entre la dirigencia y las bases: el partido que predomina dentro de todo el establishment Demócrata/Republicano es el Partido de la Guerra. Y su reflejo ideológico más conspicuo se encuentra en el eje neoconservador en ambos partidos.

El movimiento neoconservador o neocon, cuyo punto máximo de ejercicio de poder, público y abierto, se dio en las dos presidencias de George W. Bush y (por sobre todos los nombres) del vicepresidente Dick Cheney en lo que fue de 2000 a 2008.

Neoliberales, turbocapitalistas, belicistas, imperialistas y sionistas a ultranza, representan ese matrimonio perfecto con el que el poder financiero controla todo el sistema político.

Clinton es la versión acabada de los neoliberalcon

Y así como dominan un sector pesado del Partido Republicano, también lo hacen dentro del Partido Demócrata, sin dejar de haber ocupado, nunca, puestos claves dentro de la Administración Obama, sobre todo en el establishment de la política exterior. Los neoliberalcons, como se les llama, siendo la misma Hillary Clinton la versión más acabada de esa formulación.

Hecho político que a su vez conecta tanto con las instancias superiores de la presidencia norteamericana como del poder que opera desde el llamado “Estado profundo”, que en un primer momento, y fuera de la línea conspirativa, se puede interpretar como el complejo que va del aparato de seguridad (y militar), a la política exterior, al funcionamiento de las distintas ramas del Estado que opera y actúa, independientemente de quién ocupe la Casa Blanca. “Estado profundo” en tanto continente, otra discusión es su contenido.

Para todo efecto práctico de la actuación política, bajo una administración demócrata o republicana, lo que cambia dentro del Partido de la Guerra no es más que un asunto de forma: con Bush junior se optó por la invasión y la intervención directa, con Obama (sobre todo con Clinton como secretaria de Estado) por el empleo de drones, ejércitos subcontratados y la guerra por delegación. Irak y Libia respectivamente.

Y es ahí donde se evidencia el divorcio entre “base electoral” y dirigencia de ambos partidos. No van en la misma dirección, y tanto en las bases republicanas como demócratas, la necesidad de un cambio real, de cualquier signo e interpretación; un “cambio” que ha sido esquivado o traicionado. Lo que atestiguamos este año fue el choque entre ambas instancias: el arriba y el abajo.

Pero hay algo más: no podemos entender a estos “partidos” del mismo modo como se acostumbra aquí, donde existe una llamada militancia y una lealtad partidista como eje central. Por todo lo dicho más arriba, los dos partidos son también plataformas políticas cooptables.

Es por eso que en los procesos de nominaciones a candidato, dos figuras de fuera del sistema, Donald Trump y Bernie Sanders, representaron las posiciones insurgentes (sí, insurgentes) que exigieron a sus direcciones cambios profundos y no la continuidad y el recambio automático que se ha atestiguado desde hace décadas.

La “revolución” progresista de Bernie Sanders (senador independiente por el estado de Vermont), controlada, triturada y traicionada por la dirigencia demócrata, y la “revolución” conservadora (sí, revolución) de Donald Trump (magnate de la ciudad de Nueva York), que hoy está donde está, constituyeron la señal de alarma más tangible para todos los poderes fácticos del sistema.

Al desplazar (sin mucha dificultad) a Bernie Sanders de la nominación demócrata y al entronizarse la Clinton, se delimitó el carácter sistémico de la candidatura, y en torno a la Hillary han cerrado filas los principales componentes del establishment: las instituciones de la política exterior, los medios de comunicación, Wall Street, las grandes corporaciones: Big Farma, Big Oil, Big Data-Silicon Valley, el mundo del espectáculo y la farándula.

Beneficiándose, además, de una correa de transmisión adicional en el mercado de las reinvindicaciones liberales y “de minorías”: ese territorio hecho de derechos humanos, Black Lives Matter, movimientos LGBT, etc., que, como lo revelaron las filtraciones de DCLeaks, son el ámbito y señorío de las finanzas del megaespeculador George Soros, uno de los principales cinco financistas de Hillary Clinton.

No es que Trump, teniendo a figuras turbias como el magnate de los casinos e igual de ultrasionista Sheldon Adelson, alrededor de su candidatura se congreguen los exactos antagonistas, sin embargo, es él quien ha representado la disrupción dentro del sistema, y ni siquiera la dirigencia republicana está de su lado, llamando velada o abiertamente a no votar, llamando a concentrarse en el Congreso para conservar posiciones, sacrificando la ficha presidencial.

De alguna forma y a su extraña manera, Trump sí empalma por otro lado con una línea específica del movimiento conservador tradicional norteamericano al proponer, entre uno y otro destemple por el que tú siempre le has hecho caso a lo que diga -sea lo que sea-, las posiciones aislacionistas que no le encuentran sentido (en tanto negocio) a las políticas de intervención militar, que ha propuesto dialogar con Rusia (la gran bestia negra de la contienda), y quien, se lo crea o no, señala al sistema norteamericano como podrido y corrupto.

En EEUU tienen su propia Perestroika

De hecho, como señaló en su momento el escritor Tom Engelhardt, la campaña de Trump, bajo la consigna “Make America Great Again” es la primera que asume el declive y la decadencia norteamericana como centro de su discurso. El eje del relato de la campaña de Clinton opta por el excepcionalismo, Estados Unidos como la “nación indispensable”, único gendarme y guía del planeta.

Y aquí se destaca otra arista central de la disputa Clinton-Trump: Clinton, con la agenda globalista de por medio, prefiere sacrificar a Estados Unidos para preservar el Imperio, mientras que la tendencia que apoya a Trump (entre ellos los sectores industriales del capitalismo fordista que más han perdido con los acuerdos comerciales y el neoliberalismo), prefieren sacrificar al Imperio por “la grandeza” de los Estados Unidos. Su propia Perestroika.

Pero esto todavía no despeja el sustrato base, el mar de fondo que medra y moviliza a una sociedad que a un paso vertiginoso vive cada vez más al límite, producto directo y dependiente de la locura de las clases dirigenciales que ostentan el poder: el nominal, el simbólico y el concreto.

Privilegiados y abandonados, la lucha de clases revisitada

Mientras que el capitalismo financiero globalizado se vuelve cada vez más líquido, desregulado, despótico, borroneando los límites en el sistema de relaciones en materia de trabajo y propiedad, y, por otro lado, los mecanismos de explotación y mercantilización del trabajo ya no es que sean análogos a los de 1848, sino que revelan su carácter abiertamente esclavista, sin mediaciones, cualquier análisis clasista sobre el conflicto social en los Estados Unidos que no considere las dramáticas transformaciones recientes y lo limite a una confrontación burgueses-proletarios va a incurrir en un lote de errores y falsas afirmaciones que le impedirán ver el asunto en su complejidad.

Y la primera situación contradictoria de esa complejidad radica en la modalidad con la que la superpotencia gringa hoy en día experimenta la segregación, la depresión económica, la experiencia de la exclusión y la desigualdad, las estridencias culturales que de ahí se derivan y el aplanamiento generalizado del dictamen mediático sobre la realidad de acuerdo a los atributos de una depauperada nación continental, post-industrial, disgregada, y en la conversión ineludible a una república bananera, con un gobierno controlado por redes criminales.

La globalización como se ha entendido hasta ahora, la financierización de la vida en todas sus esferas y la vertiginosa transformación tecnológica elaboran un cuadro social que tal vez podría llamarse post-moderno, y en auxilio de esta afirmación, el bloguero especializado en nuevas guerras y conflictos postmodernos, John Dobbs, del portal Global Guerrillas, elabora una nueva categorización, a grandes rasgos, de la cuestión de clases, en medio del declive del modelo de Estado-nación occidental.

Señala Dobbs un proceso de “vaciado” de las prácticas del Estado-nación producto de haber alcanzado el punto más álgido de la trilogía globalización-financierización-tecnología, acusando ahora su innegable declive.

“Las fuerzas que nos están vaciando habilitaron el desarrollo de una clase dominante unificada. Una clase unida por la mirada global, la educación, el éxito financiero, el estatus y la adopción tecnológica”, señala.

Esta transformación y amalgamiento de esta nueva clase, un grupo que se mantiene unido por relaciones sociales en redes y con valores comunes que tiene más afinidad con colegas de la misma clase de otros países (y que constituye todo el corretaje mencionado, dirigencia de partidos, firmas de abogados, corporaciones, y todos los que en su mayoría hoy se alinean contra Trump).

Un grupo minoritario que representa un segmento mínimo de la población general, “que no crece” y que es el único beneficiario del vaciado del Estado que Dobbs bautiza con el peculiar nombre de los “Tecnorati”.

El mayoritario resto de la población, que es el que sin distinción padece la creación del “Estado hueco” (hollow state), serían “los abandonados (the left-behind)”, y lo constituye la supermayoría de la población norteamericana que vive endeudada, que padece la precarización laboral y el desempleo, que vive en la lógica Wal-Mart y padece la alienación pura y dura de los mecanismos de propaganda permanente, la mayoría pobre del país sin distinguir signo identitario alguno. Los abandonados.

Existe el arriba y el abajo, los multimillonarios y los abandonados

Una división que no se traduce ideológicamente a partir de coordenadas izquierda y derecha más allá del juego de apariencias de los valores, y que se vislumbra con mayor claridad en una división arriba-abajo, revelando así a la única minoría realmente existente: los multimillonarios.

Que sea Hillary Clinton, sus simpatizantes y su estrategia comunicacional la que monopolice los “grandes valores universales”, la “democracia”, la “libertad”, los “derechos humanos”, los ídems de “las minorías” y todo lo que se promueve como civilizado e ilustrado es una consecuencia lógica de ese constructo “educado” y es el punto de aceleración de la campaña anti-Trump, enfrascada en la utilidad conveniente de estos tópicos universales. Clinton tiene el copyright del discurso de la libertad.

Pero como todo documento de civilización es un documento de barbarie, según dicen, el reverso de esa vitrina virtuosa de baratijas ideológicas comestibles y cagables en tiempo exprés, es el desprecio de la portavoz de todo lo civilizado y correcto por el electorado que apoya a su contrario, que es violento y visceral. Clinton llamó a la base electoral de Trump una “cesta de deplorables”.

Y resulta que esa “cesta de deplorables” es la mayoría pobre estadounidense, blanca, cristiana, reaccionaria, agredida, humillada y profundamente atrapada en la hipnósis ignorante de la maquinaria. Hillary Clinton detesta a “los abandonados”, y certifica esa propuesta de división clasista primaria, respaldada por los sectores duros que hoy juegan cuadro cerrado con ella.

Y los medios también satanizan tanto al electorado como a su candidato, a niveles verdaderamente peligrosos porque además son los poderes que han llegado a sentirse amenazados, que es cuando sienten su esencia. No sé si algo de esto les suena conocido.

Reservadísimo pronóstico

Las elecciones gringas se dan encima de un polvorín plagado de fósforos a punto de prenderse; da para más y será el tema de la próxima entrega.

En este punto, mientras se va acumulando escándalo tras escándalo (y judicialmente no pasa nada), el umbral pre-electoral prefigura ya una violencia y un grado de confrontación que va a superar a la cita electoral, que, visto en su conjunto, pase lo que pase, tendrá consecuencias imprevisibles. Y, gane quien gane, repercusiones en todo el mundo.

Pensarlo desde la habitual lógica maniquea no ayuda a comprender unas elecciones cuyo grado más expresivo han sido los niveles de rechazo al contrario, y no la aprobación por el candidato propio.

Cita electoral que en su impredictibilidad anuncia el principio de algo que, por indeterminado, garantiza que al siquiera no saber cómo va a empezar todo, mucho menos se podrá medio predecir cómo va a continuar.

Ya ni hablemos de un ganador concreto, mientras todas las brechas se cierran y el lado pro-Trump ya denuncia fraude. Porque también existe una posibilidad de que algo monumental y dramático lo cambie todo, pudiendo incluso poner en juego la realización misma de las elecciones.

La predisposición ideológica automática y la reacción arrogante ante la imposiblidad de darle contorno a la incertidumbre, y por lo tanto apoyarse a partir del traslado de nuestra realidad política para entender las claves de un país del tamaño de los Estados Unidos puede ser un acto de estupidez que certificará el extravío de no pocas personas.

Lo que es seguro es que este martes 8 de noviembre, Estados Unidos vota entre la implosión y la explosión. Cualquier cosa puede pasar.

MISIÓN VERDAD

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